Oxyrrinco

Camino por un sendero que desciende la ladera en medio del bosque, en las proximidades de El Escorial. La vegetación es maravillosa, exuberante: altos árboles que ocultan el cielo, a través de los cuales pasa, tamizada, la luz; una manta tupida de arbustos por todos lados, coloreando la escena de verde, y el río rumoroso que discurre a la izquierda. De pronto me doy cuenta de que he avanzado tanto en el descenso y la pendiente es tan pronunciada, que no puedo volver a subir y deberé vadear de algún modo la corriente que, llegado a este punto, interrumpe el sendero. Más allá hay unos muchachos que me ignoran, no puedo pedirles ayuda. Dirijo hacia abajo la mirada y observo que llevo buenas botas, por lo que puedo tratar de vadear el río en ese delgado punto visible a pocos metros, donde el agua apenas tiene profundidad, sin peligro y sin mojarme.

Ya en medio del río, a punto de culminar la pequeña empresa, aparece mi mujer y detiene mis pasos rogándome que espere, porque se trata de un lugar santo dedicado a San Antón y es preciso aprovechar la circunstancia. Y mientras habla, tira de una delgada cuerdecita apenas visible que cuelga de las copas de los árboles y hace sonar la campanilla a la que está anudada un poco más allá. Acuden al llamado tres figuras masculinas vestidas con ropas talares, la del centro de color blanco, las de los extremos de negro. Preguntan qué queremos y mi mujer les ruega que me bendigan. Entonces avanza un paso la del centro y recita: «En beneficio de San Antón, yo te otorgo mi bendición», al mismo tiempo que hace un gesto con los brazos como si me anudara y desanudara una cadena invisible en torno al cuello.

Seguidamente, los tres al unísono salmodian: «¡Oxyrrincus!», y a continuación se alejan.

Al despertar me digo con sorpresa que me han bendecido como se bendice a un animal (puesto que San Antón es patrón de los animales, y es costumbre llevar los animales al santo en el día de su festividad para obtener su bendición), o bien han bendecido al animal en mí. Me dirijo a la mesa de trabajo con la intención de continuar la revisión en curso, pero nada más encender el ordenador llaman mi atención unas carpetas de textos misceláneos que no miro desde hace tiempo. Voy de una en otra durante unos instantes y decido abrir uno relativo a Safo ― recientemente he leído la traducción de Juan Ferrater, que se ha vuelto a editar―, pensando que tal vez aporte algún matiz de interés. En efecto, el texto es muy interesante y está muy bien escrito, por lo que lo leo sin interrupción: hasta que en un momento dado me invade la sorpresa y se apartan los ojos. Ahí se dice claramente: la palabra ‘osyrrinco’ no se refiere a algún animal extraño, como había pensado en primera instancia, sino que es como se denomina la colección de trozos de papiro (Oxyrhynchus Papyri) encontrados en el yacimiento de la ciudad de Oxyrrincos, próxima a El Cairo, de donde proceden parte de los fragmentos conservados de Safo y otros autores de la Antigüedad.

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El ausente

No le encontrábamos por ningún lado.

Allí junto a los muros de la iglesia, en aquel pueblo de tierra amarilla, nos recibió el padre exponiendo a nuestra perplejidad por todo aviso:

― ¡Za perdío conzigo míhmo!

Y pues continuáramos mirándole, sorprendidos y en silencio, se vio en necesidad de añadir:

― Ze fue m’iha la Mari a buhcarlo ar pozo, y cuando vuerve me’ice: ‘¡No lo encuentro!’ Y yo le digo: ‘¿Y cómo lo vaz a encontrar, zi za perdío conzigo míhmo?’

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La enseñanza en el avión

Cuando se estabiliza el ruido del motor en la monotonía y se cierran los ojos, porque otro conduce, hay una percepción de fondo que todo lo abarca: estás en un punto cualquiera del espacio.

De su encuentro con Chillida nos dejó Heidegger la lección magistral de que el espacio no es un vacío, porque el vacío no es algo que exista; pero sólo en el avión nos encontramos en disposición natural de aprenderla. Se trata de una lección pavorosa, que requiere cierto acopio de valor por parte del pasajero, aunque la ordena una absoluta necesidad. Mas darle la espalda puede resultar nefasto: sólo la ignoran los locos y —acaso— los niños.

Allí arriba, el avión es el lugar donde más evidente se hace que conduce otro.

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