Pasión de extranjería

Viajar da tanto brillo a la mirada que el horizonte no constituye más una línea.

Viajar allí donde ni la lengua, ni el vestir, ni las costumbres son conocidos, desvela el fulgor del no conocimiento. Y en el horizonte del no conocimiento deslumbrados, como actitud asoma y como guía fervorosa la pasión de extranjería, una que descree de límites a la tierra y de verdad del lugar, una que sin fin se aventura.

Para ella, todo volver de viaje es un ir perpetuo: la ciudad que habitas no te concierne, como tampoco lo que dicen a tu alrededor, la lengua tan clara, ni las costumbres. Todo lo conociste una vez y lo creíste tuyo. Pero, en realidad, es extranjero: pues no te pertenece.

Como extranjera es esa piel de memoria cansada que lleva tu nombre y con la que envolviste los días, y esos ojos a los que llamabas ojos como si estuvieran separados del luminoso fulgor del no conocimiento.

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Shamlú y el psicoanálisis

Una de las cosas que ha desvelado el psicoanálisis, o que más inmediatamente se evidencian cuando se leen sus obras, es la proyección que realizamos en nuestro acercamiento al otro. Al otro sólo nos acercamos desde nosotros mismos, y cuanto más involucrados con él emocionalmente, más tendemos a proyectar en él nuestro reflejo. A tal punto llega el análisis, que cabría dudar siquiera de que el amor exista como algo más que ideal, concepto o simple palabra para definir un tipo de relación. Los autores, no obstante, suelen ser prudentes al respecto y retirarse antes de definir qué sea el amor.

Mas ¿dónde encontraríamos el amor, entonces, si no es necesidad del otro para mirarme, en la mayor proximidad, en lo más íntimo posible? Naturalmente, en el corazón. Pero ésta palabra, corazón, resulta igualmente difusa e inaprensible: aunque podemos tener una experiencia clara acerca de lo que surge del corazón y lo que no, es siempre subjetiva. Cabría decir si acaso, por vía negativa, que la duda y la confusión revelan que los dictámenes del corazón no se han hecho aún presentes.

Vinculada a las fuerzas raíces de la existencia, a su matriz originaria y creadora, la poesía se atreve también aquí, donde las palabras no llegan; y asume el riesgo y da pasos que maravillan de continuo. Leyendo al poeta persa Shamlú hablarle a su amada, por ejemplo, y ofrecérsele a sí mismo como espejo, comprobamos cómo la observación psicoanalítica que tantas páginas ha desencadenado cae fulminada en tan sólo cuatro versos, cuando dice:

Pulo mi alma de la herrumbre.
Coloco un espejo frente al tuyo
para formar contigo
una eternidad.

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Constitución del otro

Sería a los cinco años de edad cuando entré a formar parte de tu legión extranjera. País, los dividendos que ofrecían las proclamas iban teñidos de esa luz conocida, ya habitable y nunca vista en compañía tuya. Mas la palabra fue saltando desde lo más próximo hasta lo más lejano, tus dominios. De madre y mano, pan y casa, a él, sentimiento, patria. Y aunque frágil aún por fuerza de la luz, por su obligada pasión de transparencia, quedó tu palabra prendida de un lugar de cielo indeterminado, lugar azul en algún punto de lo alto, como relumbre de espada ante un enemigo que —aquél sí—, con vulgar insistencia, no parecía verse por ningún lado.

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