Hojas vueltas

La hiedra era preciosa: el cristo del tronco fue visto desde atrás porque por delante las hojas mostraban su faz opaca y de tonalidad suave; en tanto a contraluz, por su extrema delgadez, se transformaron en luminosa vidriera.

Así el otoño tuvo sus cristales, en los que florecían los colores del año.

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El valor es de la tierra

Murieron hace miles de años y allí donde encontraron los sepulcros le llaman ahora ‘el yacimiento’. Pero antes de que volviera a asomar la piedra en la encalladura del arado, tanto como después de que se marcharan los arqueólogos, a veces una moneda, a veces un fragmento de vasija de barro o una piedra de extraña forma pasaron a ocupar un lugar entre los vivos.

La gente del campo tiene ojos para todo lo que asoma de la tierra, y manos amantes y voluntariosas para eludir el agravio del tiempo y de los hombres. Así el pastor me muestra husos y fusayolas recogidos por él, y esa piedra cóncava en la que los antiguos habitantes molieron cereal hace miles de años, tal como ahora son molidos miles de años en la mirada que les dirige y que atesora.

Todo esto ha eludido el paso de los arqueólogos; se guarda en un garaje inmenso que a ojos extraños mezcla un curioso aspecto museístico con el más propio de un almacén. Pero el destino de la corona, me informa el pastor, fue otro.

Cuando se derruyó una muy antigua casa, el dueño le pidió que retirara los escombros, todo barro y paja de adobes y, al hacerlo, descubrió un trozo de metal aplastado que brillaba. Se lo llevó consigo, lo mostró a su hermano y éste, con infinita paciencia, limpió y enderezó las formas, de manera que quedó a la vista tal como era: una corona de plata de una sola pieza.

Al parecer, tales obras son escasísimas en Europa. Y cuando los arqueólogos vinieron por lo del ‘yacimiento’ y se la mostraron, fueron ellos los que le dieron valor. Y cuando se marcharon, alguien que se había enterado vino a ofrecerle al pastor doscientas mil pesetas por ella y, además, le ponía todo el sistema de ordeño eléctrico en la cija. «No sabes lo mal que lo pasé», asegura, «porque eso era mucho dinero, y lo del ordeño era nuevo, no lo tenía nadie, y yo venga a darle vueltas aquí», dice señalándose la sien, «qué malos días fueron esos».

La corona, aquella «con la que mi niña ha jugado hasta que ha sido mayor, que ponía en la cabeza de la oveja y la veías pasar por aquí, a la oveja, coronada…» la tiene ahora la Virgen de la iglesia del pueblo, siempre cerrada salvo en horas de culto.

«Pero otro día le pedimos la llave al cura, para que la veas», añade tras un breve silencio, mientras la mente sostiene en imaginación a esa oveja coronada, a esa Reina de todo lo que asoma, compañera de juegos y prodigio. Y cree comprender que tal vez por respeto a esa imagen, que es valor de lo que es suyo, las gentes de los pueblos coronan la cabeza de sus vírgenes.

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Estrella

«¿Cuál es la próxima estación, mamá?» pregunta una de las dos gemelas pelirrojas.
«Estrella».

—¡Estrella! —exclama la niña. —¡Mamá, yo me quiero bajar aquí!—.
—¡Mamá! —dice su hermana— ¡¿de verdad que la siguiente es Estrella?!
—¡Mamá, mamá, por favor, bajemos en ésta!—, suplican.

Algunos hemos abandonado la lectura y nos volvemos sonriendo a mirarlas. Se ha creado un espacio nuevo de sentido. La Madre, consciente y algo cohibida, baja dulcemente los ojos y responde:

—Hoy no; pero un día bajaremos aquí.

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