La madre del señor José

Escuchamos muchas cosas del señor José, entre otras que durante un viaje de la familia a Estambul su madre observó a la entrada del Gran Bazar a un hombre que vendía las características peonzas turcas, y tras unos minutos de conversación se las compró todas. Tratándose de una familia de comerciantes, el hermano mayor amonestó severamente a la madre por tal despropósito: era inconcebible negocio alguno con las peonzas y ni siquiera viable el llevarlas con el equipaje en el viaje de vuelta (de hecho, nos dijo el señor José, se quedaron en el hotel). Además, no conocía a ese hombre de nada. La madre miró firmemente al hermano y tan sólo dijo:

― Déjale que coma.

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La noche llega

Los apasionados ritmos de un gris desvanecido arriba, ni roca ni aire, recuerdan el incesante latir de los cantos al fondo del lago. Míralos a la orilla, palabra de cristal que a tu voz no interpela, que tus ojos confunde, que respeta la mano por el amor de sus caligrafías: delgados cielos y montañas, riachuelos, valles. ‘Como arriba es abajo’, trazan los vuelos mediadores del crepúsculo, y comprendes entonces la pintura en su totalidad: es hora de irse atrás de ese latido, sin sentir y sin luz.

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Las pirámides

Al descender una larga escalinata, se desprende la esencia. La atención se centra en no caer, y toda la persona se implica en ello: la esencia, libre, aletea en torno. Mientras la figura avanza de escalón en escalón, dispersando en actitud los aspectos psíquicos, es posible aprehenderla íntimamente y conocerla. Sólo por ello se justificaría el ascenso ritual a las pirámides.

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