La ley del garrote

La única ley es la del garrote, y a un garrote vence otro garrote. Hay quien no lo ve: a veces cae de tan alto que tarda en llegar.

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El insecto palo

Tras la debacle, cuando el ciclo de los adultos llegó a término y sólo cuatro infantes sobrevivían en la caja, prontamente diezmados, rescaté al único insecto palo que quedaba y lo llevé a mi cuarto, a una tartera de plástico transparente bajo la lámpara.

De vez en cuando recuerdo pedirle prestada una hoja al rosal para él. De vez en cuando recuerdo salpicar dentro unas gotas de agua. De vez en cuando abro la tapa y lo observo, miro a ver si no reposa sospechosamente en el fondo, si conserva todas sus patas, si mueve las antenas. Casi siempre, sobre la tapa, procuro dejar un objeto con algo de peso y desagradable para el gato, que tenga un cierto carácter disuasorio. Estoy asombrado de lo poco que bebe y de lo poco que come. Incluso parece preferir alimento seco a verde: no se abalanza sobre las hojas frescas, más bien las ignora. Sólo algunas noches escucho un seco crepitar proveniente de la tartera y supongo que está comiendo.

Y crece. Va creciendo día a día y ya voy pensando en cambiarle de lugar. Pero sobre todo pienso en la infinita lentitud de su ritmo. En esa especie de ascetismo natural, que tan ajustado resulta al nombre que el humano le ha dado. En su aparente impasibilidad frente al destino. Con qué migaja de cariño, olvidadiza y descuidada, sobrevive.

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Otra vez Walkabout

Tal vez el mayor valor de la lectura de antropología reside en la transmisión de la mirada del antropólogo. Pues al salir del metro, cerrado el libro, la mente se da a considerar los comportamientos desde el mar sin orillas. Y las miradas desafiantes de los ejecutivos en conversación a la puerta de las cafeterías, el despliegue decididamente seductor de las ejecutivas; y las libaciones del ceremonial el día de fiesta, y los trajes fuera de toda consideración que sólo en ella se exhiben; y las reuniones en torno al nacimiento o a la muerte, pero también las soledades y los extravíos, como la mayor parte de los hábitos, pasan a constituir evidente descripción de un comportamiento. Cuya más notoria característica es la de vivir el ser encerrado entre bloques de piedra, dedicado a actividades muy alejadas de la tierra, traficando con intangibles, no comestibles, extrañamente usables bienes. En él no hablan de manera primordial la expresión de alegría, o el grito, o el sollozo, sino la infinita red del logos, ignorante del mito que lo sustenta.

Así este extraño es puesto en perspectiva, indirectamente, por el antropólogo de cualquier campo, quien como en el Quijote dice algo distinto de lo escrito; como si el propio logos hubiera considerado necesario dotarse de un camino de vuelta hacia el hombre, al Anthropos, mediante un walkabout por los espejos de la imaginación.

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