Carta a los tiempos

Escribía sobre el teclado la música que habría de venir, sin darse cuenta de que ya estaba allí en el momento, silenciosa como un espíritu. Observándole. Su rostro reposado de invisibilidad, atravesado por las ondulaciones de remontadas y recaídas, le tendía una mirada carente de interpretación y duelo, digna de la intención más alta, con la que se le entregaba la oportunidad de ser.

Él era todo lo que cabía esperar: la oración áurea, desprestigiada en sucesivas notas de interminable recursividad, como un mar de cuyo único sentido el movimiento se adentraba. No había nada más allá del lenguaje. La significación, el nombre de la música con la que se oía y con la que, sin suerte, se vería lentamente eludir. Suerte que jamás ninguno poseyera. La acentuación y la cadencia, el vibrante presentimiento por el que en vez de no existir, existía: suerte que también, jamás, ninguno poseyera.

Y tal énfasis del nadie, desplegado nota a nota sin que le fuera entendible señalar a uno ni distinguir a dos, como imposible era separar una de otra en el continuo de la sonoridad, prevaleció mientras escribía la carta. Arropaba el espacio su delgadez extrema, insinuando brisa y comprimiendo infinitamente los tiempos, únicos destinatarios de aquella tierra inhóspita.

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