La mejor hora

La mejor hora es silenciosa. Calla lo que en cada uno ha de callar. Piensa sola lo que en cada uno ha de pensar. Lo hace lentamente, limpiamente, en grandes espacios vacíos. Construye una sola imagen, con apariencia de tú, que es yo, y en ello no hay conflicto.

Puede que mueva cosas sin querer y puede inmovilizarlo todo: todo inmóvil, tú inmóvil y yo inmóvil se anulan en un algo distinto y anterior, de cuando ni el pensamiento ni la memoria decidían el curso del día y de la noche, el día a día, la noche eterna.

Se dejan de ver por qué, cómo, cuándo. La repetición queda interrumpida. Tú es el norte sin atributos del cuarto y yo tiende hacia él volviendo en sí. La luz aumenta porque sólo ella queda, y el espacio. La naturaleza de los pronombres los comparte.

Y se deja de ver el que vendrá y, en general, la narración. Sólo es la orilla: ella, la mejor hora.

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