Una misma tarea para todos

Siguiendo la lectura propiciatoria de los microgramas de Robert Walser, donde se dicen cosas como que la queja forma parte del paisaje («Porque siempre han surgido quejas, críticas, eso también forma parte de la cotidianidad, lo mismo que, por ejemplo, un vaso de cerveza o un billete de tranvía»), llamó mi atención el hombre que se dedica a la limpieza del edificio por la minuciosidad con la que recogía colilla tras colilla y la depositaba en el cubo de basura. Podría enemistarse con ellas, dado que hay ceniceros por todas partes y resulta un tanto sorprendente encontrarlas en el suelo, pero no lo hacía. Por el contrario, de vez en cuando se le oía canturrear.

Me fijé en los útiles de trabajo: el carrito con el cubo, el recogedor, el cepillo, una balleta. Vaciaba los ceniceros, los limpiaba con la balleta y recogía las colillas dispersas por el entorno. Y así, día tras día.

Y mientras pasaba tiempo en la observación, poco a poco me iba dando cuenta de que la suya es la tarea de cualquiera. A lo largo del día, de los días, llegan a nosotros numerosas cosas fuera de sitio: un arrogante y desaprensivo, un suceso inesperado, un desperfecto, un error… Colillas con las que emplear los útiles de trabajo. Es nuestra elección, pensé, reaccionar en contra de esa colilla y maldecir, o aplicarse tan sólo a recogerla de la mejor manera posible: los contenidos son diferentes, la tarea para todos igual.

Tal vez podriamos incluso llegar a canturrear un poco de vez en cuando, me sentí tentado a añadir, sintiéndome casi poseído por el espíritu de Walser.

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