El insecto palo

Tras la debacle, cuando el ciclo de los adultos llegó a término y sólo cuatro infantes sobrevivían en la caja, prontamente diezmados, rescaté al único insecto palo que quedaba y lo llevé a mi cuarto, a una tartera de plástico transparente bajo la lámpara.

De vez en cuando recuerdo pedirle prestada una hoja al rosal para él. De vez en cuando recuerdo salpicar dentro unas gotas de agua. De vez en cuando abro la tapa y lo observo, miro a ver si no reposa sospechosamente en el fondo, si conserva todas sus patas, si mueve las antenas. Casi siempre, sobre la tapa, procuro dejar un objeto con algo de peso y desagradable para el gato, que tenga un cierto carácter disuasorio. Estoy asombrado de lo poco que bebe y de lo poco que come. Incluso parece preferir alimento seco a verde: no se abalanza sobre las hojas frescas, más bien las ignora. Sólo algunas noches escucho un seco crepitar proveniente de la tartera y supongo que está comiendo.

Y crece. Va creciendo día a día y ya voy pensando en cambiarle de lugar. Pero sobre todo pienso en la infinita lentitud de su ritmo. En esa especie de ascetismo natural, que tan ajustado resulta al nombre que el humano le ha dado. En su aparente impasibilidad frente al destino. Con qué migaja de cariño, olvidadiza y descuidada, sobrevive.

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