Azul, el interés de la fotografía

Cuando ya tengo montada la cámara en el trípode y estoy a punto de sujetar el último filtro, escucho una vocecita que me dice:
― ¡Señor, eh, señor!
Alzo los ojos y veo a una niña delante de mí, que al encontrarse nuestras miradas pregunta:
― ¿Podría ayudarme?
Le digo que sí, sólo le pido que espere un momento. Termino y me acerco. Lleva un cubo rosa en la mano izquierda y con la derecha señala un cubo azul situado sobre unas rocas, un poco más adelante:
― Es que quiero coger el cubo, pero no puedo: ¡hay una avispa!
Miro hacia el cubo azul y veo que, efectivamente, una avispa merodea por el entorno de aquí para allá. Le digo que no se preocupe, ya se lo acerco, pero ha de tener en cuenta que las avispas no están interesadas en comérsela a ella, sino que están a sus cosas y si se las respeta y uno no se mete con ellas ni las interrumpe, no hacen nada. Ella escucha muy atentamente y una vez tiene el cubo en las manos, mirando como de reojo la cámara, dice:
― ¿Está haciendo una fotografía?
Asiento con un gesto, admirado por lo certero de su expresión. Su pregunta, en un instante, me lleva a considerar más de cerca de lo que realmente se trata: no hacer fotografías, sino obtener una fotografía. Y tras un pequeño silencio, mirándome a los ojos,
― Yo he visto un alga, era un alga AZUL ―, dice y sus pupilas se llenan de luz y brillan al decir la palabra AZUL. Y añade, ya a punto de irse: ― Pero pienso que se va a estropear…

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Hormigas

Ejemplo espejo de ineludible inclemencia, las hormigas; cuya sumisión ausente e involuntaria, configurada en hilera, las mantiene bajo una lluvia discontinua de pisadas o destino.

Pasamos una y otra vez por el camino como dioses ejecutores, a lo largo de los días y las horas, sin que modifiquen ellas su trayecto.

Propósito de conciencia liberar vista y oído para una descripción del comportamiento a la hilera, y del Hombre que pasa.

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Una misma tarea para todos

Siguiendo la lectura propiciatoria de los microgramas de Robert Walser, donde se dicen cosas como que la queja forma parte del paisaje («Porque siempre han surgido quejas, críticas, eso también forma parte de la cotidianidad, lo mismo que, por ejemplo, un vaso de cerveza o un billete de tranvía»), llamó mi atención el hombre que se dedica a la limpieza del edificio por la minuciosidad con la que recogía colilla tras colilla y la depositaba en el cubo de basura. Podría enemistarse con ellas, dado que hay ceniceros por todas partes y resulta un tanto sorprendente encontrarlas en el suelo, pero no lo hacía. Por el contrario, de vez en cuando se le oía canturrear.

Me fijé en los útiles de trabajo: el carrito con el cubo, el recogedor, el cepillo, una balleta. Vaciaba los ceniceros, los limpiaba con la balleta y recogía las colillas dispersas por el entorno. Y así, día tras día.

Y mientras pasaba tiempo en la observación, poco a poco me iba dando cuenta de que la suya es la tarea de cualquiera. A lo largo del día, de los días, llegan a nosotros numerosas cosas fuera de sitio: un arrogante y desaprensivo, un suceso inesperado, un desperfecto, un error… Colillas con las que emplear los útiles de trabajo. Es nuestra elección, pensé, reaccionar en contra de esa colilla y maldecir, o aplicarse tan sólo a recogerla de la mejor manera posible: los contenidos son diferentes, la tarea para todos igual.

Tal vez podriamos incluso llegar a canturrear un poco de vez en cuando, me sentí tentado a añadir, sintiéndome casi poseído por el espíritu de Walser.

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