Un cuerpo solo

Dejamos atrás los pueblos, donde la verdad no es más pura y nos quedamos en medio de los campos segados, contemplando el rostro espiral de las balas de paja, que parece hablar en lenguas para quien escucha ámame.

Ciertamente tú era la parte de la historia natural más rica en imágenes y la que más tarde continuaría en sueños, pero también el pronombre natural, dorado, que me convivía.

En esa otra verdad no había otras voces: espejos de uno mismo, íbamos caminando en silencio, abismados por el resplandor de ocres y azules, decididos por la suerte.

Y nadie más había; sola en el paisaje nos seguía, como quien velara, la sombra de un cuerpo.

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La mejor hora

La mejor hora es silenciosa. Calla lo que en cada uno ha de callar. Piensa sola lo que en cada uno ha de pensar. Lo hace lentamente, limpiamente, en grandes espacios vacíos. Construye una sola imagen, con apariencia de tú, que es yo, y en ello no hay conflicto.

Puede que mueva cosas sin querer y puede inmovilizarlo todo: todo inmóvil, tú inmóvil y yo inmóvil se anulan en un algo distinto y anterior, de cuando ni el pensamiento ni la memoria decidían el curso del día y de la noche, el día a día, la noche eterna.

Se dejan de ver por qué, cómo, cuándo. La repetición queda interrumpida. Tú es el norte sin atributos del cuarto y yo tiende hacia él volviendo en sí. La luz aumenta porque sólo ella queda, y el espacio. La naturaleza de los pronombres los comparte.

Y se deja de ver el que vendrá y, en general, la narración. Sólo es la orilla: ella, la mejor hora.

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Montañas

No hacemos una montaña de un grano de arena, no tenemos ese poder: sólo el de comprimirnos, empequeñecernos, hasta que, finanalmente, nos parece haber vivido siempre entre montañas.

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