Ponerse en lugar de los demás
De los demás, es decir, de otras modalidades de ser. La del pequeño insecto, por ejemplo, que entre lluvia, relámpagos y truenos ya no tiene presencia; o si la tuviera acaso, por azar inevitable, cesa completamente en su actividad.
Siempre me ha intrigado esa forma de desaparecer que tienen los insectos, pero sólo ayer noche, tal vez por la coincidencia de tormenta y duermevela, fui consciente de la intriga. Y un momento antes del sueño alcancé a decirme: «tengo que preguntárselo mañana sin falta a Rafael».
Rafael es un eminente entomólogo, además de un hombre sabio en muchas otras cosas y me pone al corriente de los fenómenos de la quiescencia y de la diapausa, que entre los insectos a menudo se desencadenan por diferencias de presión atmosférica. Y mientras él continúa hablando de cierta especie de cérvidos, de los que se sospecha detienen la gestación el tiempo necesario para dar a luz justo en mayo, inadvertidamente comienzo a sentir como un mosquito.
Imagino cómo van llegando ominosos signos de tormenta y el mundo va cerrándose en torno a mí; desesperado, busco por instinto refugio a mi dolor, pero la sensación es tan abrumadora que en un determinado momento, por así decir, me desconecto. Me desconecto hasta tal punto que, en realidad, no llego a conocer la tormenta.
Mucho más tarde abro los ojos, muevo las alas: la vida seguía estando ahí.
Siguiendo el ejemplo, el cese total de actividad, que asimilaríamos sin dudar a muerte, parece convertirse en un hecho relativo cuando nos ponemos en lugar de los demás.