Adolescencia
Suena el golpe sordo contra el tronco, y las teclas salen disparadas en todas direcciones. Ella emite un gorgeo-gritito, girándose sólo a medias. Él exclama con voz lenta y meliflua —¡No funcioonaa!— y añade contemplando el teclado con afectada lastima, como justificándose: —¡Teníía que intentaarlo!
Lo que sorprende es, ante todo, el primitivismo. Él no tiene en cuenta el ser del árbol. Para él, árbol y teclado son meros objetos interpuestos entre el yo y el mundo, o meros útiles —¿que darían forma a qué?
«A qué, a qué…» resuena mientras me alejo evitando pisar la tecla A, la tecla O, con este sopesar el pensamiento (no hay árbol frente al pensamiento, o es el mundo frente a él, en su totalidad, lo que golpea).