El presente

En la esquina de la última terraza, una niña algo mayor, con un vestido rosa y el cabello suelto, sopla pompas de jabón. Las pompas bajan multitudinarias y parsimoniosas, cruzan la calle y rodeando la frondosa palmera caen al paseo como frutos, únicos frutos de luz en la noche, que los niños más pequeños conocen y entre gritos se apresuran a atrapar. Ella es la gran oficiante y ellos sus obedientes vasallos, sus desmandados vasallos; a la pregunta ¿qué estás haciendo? de las madres, sorprendidas e inquietas, responden lo evidente: ¡cogiendo pompas!

Ante tanto lujo, su paseo se ha detenido, maravillado, y cuando se vuelve hacia sus acompañantes se da cuenta de que le han dejado solo y están ya allí a lo lejos, cincuenta metros por delante, y cuando les da alcance le reciben entre ironías. Recuerda entonces la lectura reciente de Fuzulî y sus continuas advertencias: basta con entregarse para que el mundo se aparte con burla y menosprecio.

El desprecio del mundo sucede como una misteriosa ley de causa y efecto, y al revés de como se suele interpretar. No es que uno no tenga o decida no tener aprecio por sus semejantes, etc., sino que, sencillamente, ellos están ocupados con otras cosas. ¿A quién podría interesar el presente maravilloso, gratuito, único de esta noche? A los niños; y al loco, es decir, al ido, al que ya no está entre nosotros.

Pero el ido es sólo el que se ha parado, en virtud del presente.

Esto nos lleva de nuevo a Fuzulî, y en concreto al suceso determinante que se produce en el segundo tercio de Leylá y Mecnún; un suceso que, en comparación con la gran cantidad de dísticos empleados en exponer las penas de amor y el resto de la peripecia, se resuelve en un momento y pasa casi desapercibido, ocupando en la memoria un lugar a priori insignificante: me refiero el episodio en que Leylá pierde la caravana. Todo el peso entitativo de las reglas morales, intereses tribales, cuestiones de honor, e incluso el destino mismo que condujo a Leylá por el camino de la opresión, se desvanecen sin más, como se desvanece un sueño, como no de otro modo se desvanece el mundo de las apariencias, el mundo de las imágenes, que es para Fuzuli el mundo. Pero Leylá no ha abandonado la caravana: es el presente de Leylá, el presente de amor, el que de tal modo ha acabado imponiendo su ley, que Leylá simplemente se detiene, y entonces… la caravana sigue su curso.

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