Lo soñado
Hubiéramos podido trasladarnos por un tiempo a la ciudad, pero no vivir en ella. Durante aquellos períodos en que la tarea exigía continuar en la luz: periodos de gran actividad colectiva, arrebatados por la extensión de sentido humano.
Vivir la noche bajo las estrellas, el opaco espejo de nubes o el espacio viniéndose de la lluvia, vivir toda una vida la noche así, en responsabilidad frente a la presencia, habría mantenido a salvo algunas palabras.
El logos devastador se alimenta de esa luz amarilla de la fábrica-ciudad: vive en la luz debilitada de las palabras. Hasta tal punto que bajo el sol pervive su relato, porque los ojos mantienen la irradiación amarilla. Hasta tal punto que el azul de aquellos ojos y el silencio azul de aquellos ojos y el ardiente azul de aquellos ojos parece lo soñado.