Mississippi
Como no había señales, tuvo que aparecerse en el sueño. Dejaba su puesto en París a las amigas, ella se marchaba a Mississippi.
Me enteré al finalizar la sesión en torno a la obra de cierto ensayista rumano que tenía lugar en el aula magna de la universidad. Ante lo que el ponente parecía dar a entender y el auditorio aceptaba con pasividad sorprendente, sólo yo me atrevía a argumentar que la lectura del autor revestía especial interés: se trataba, salvando las distancias, del Unamuno rumano, de un inteligente revulsivo para las conciencias. Pues bien, nada más finalizar, se acercaba una de las amigas, ocupaba el asiento contiguo, abría el bolso, seleccionaba de entre unas cuántas la carta dirigida a mí y me la entregaba. Se trataba de una hoja tamaño folio manuscrita en la que a simple vista reconocí la letra de ella, escrita con gruesos trazos de rotulador marrón. Recuerdo haberle preguntado a la amiga cómo me había identificado, dado que no nos conocíamos, pero no su respuesta.
Ya en la calle, no leí la carta. Carecía de interés, considerando que ni las palabras que nos dijimos ni las que nos escribimos se acercaron nunca a la verdad. Al despertar, caigo en la cuenta de que tampoco me había importado ser uno más (había varias cartas para distintas personas en el bolso de la amiga, que era de suponer ésta iría repartiendo). Pero una vez comprendida y descartada la nula importancia de quien no es nadie y del contenido que nada dice, persiste sin embargo el hecho de que vuelva ella a aparecerse, y de que utilice para ello el sueño, las más ingobernable de las alternativas; y de que, en medio de este carnaval de ausencias y vanidades rotas, todo cante a la voz de mí – sí – sí y se extinga como con un pí-tido de tren ante la luz que todo lo inunda y en cuya niebla se aleja.