Le Corbusier, pintor

Hay en los cuadros de Le Corbusier, además de color y forma, espacialidad. Espacialidad no como aditamento o juego, sino espacialidad constitutiva. Hay un Poema del ángulo recto que es como un retablo antiguo vuelto a nacer, de lo divino en lo humano. De arriba abajo y de izquierda a derecha, si se mira pacientemente, cuenta la historia del hombre. Esa figura de sombra con la mano alzada no es un dios, ni un ente de proporciones perfectas, sino el esbozo apenas de una señal, un presente de indicativo.

Hay en Le Corbusier muy buenos lienzos, pero sobrecoge especialmente aquella Estructura naranja que proyecta hacia el frente, desde un sueño de mundo anaranjado, una piedra sobre otra: como una piedra niña dormida sobre su brazo. Uno no puede dar nombre a lo que está viendo, animado e inanimado, humano e inhumano, piedra, vegetal, animal. Por sobre todo, la ternura de la sensación despojada de sentimentalismo.

La apuesta es arriesgada. Nuestro acercamiento al cubismo, por lo general, trata de descubrir en las pinturas su función teórica. Desde luego que la hay, aunque no como habitualmente se la considera: y exige un cierto esfuerzo para ser, y un demorado mirar, un permitirse a uno mismo exponerse ante el cuadro y así, tal vez, descubrir de nuevas: en qué consiste la visión que el pintor propone, cuál es la mirada con la que amplía el mundo, nuestro mundo, el instante. Se descubre entonces el tremendo tesón de implacabilidad, al modo como enseñaba Don Juan, con que el artista se adentra en formas y colores tanteando un ajuste acabado, tan pulcro como le fue posible, de ese mirar.

Vuelve aquí la palabra inhumano: porque Le Corbusier prescinde de lo demasiado humano y en cierto modo la angustia y el desasosiego son patentes, aunque objetivamente patentes. Y es de esta manera como uno sale de la muestra calle adelante, apenas señalado en el espacio ubicuo, con su propia mano de sombra como por azar alzada.

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