Polvo de estrellas

Sus puntas se rozan y la luz de esas estrellas, noche y día, se confunden;
cabalga a su través, sobrepasándolas, como entre dos que ocupan el camino;
deshaz el lazo en que creías y sé de esa fortaleza que cabe en lo invisible,
el puño abierto del árbol ya no árbol, de la tierra que vuelve el polvo al polvo.

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Mientras la luz

Todo está lleno de señales.
Miras, y significa.

Por el afán de hacerse comprensible
se ha encaramado, se ha nombrado, se ha dado vida
en ti.

Como a ambos lados del espejo
se respetan las imágenes:
mientras la luz.

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Noche del ángel

Si hubiera de dirigirme a ti como tú
diría que tu vara de medir es la del desengaño,
con la que vuelves a hacerte ver, maestro,
a situar tu presencia en lo alto de las cosas
abarcándolas todas, siéndolas todas,
sin dejar nada fuera de lugar,
del lugar que por ti es y para nosotros alumbra.

Y si hubiera sido necesario hablar de mí como yo
diría que fue un movimiento en busca de sujeto,
que cuanto más te situabas más se ponía él en duda,
que cuanto más eras tú más doloroso era él,
que tu lugar le desposeía de lugar; y de aquéllos
a los que se exiliara, en los que hallara refugio,
calcinados levantó el viento sus últimas cenizas.

Pero el pronombre es una diversión ontológica
en la mesa de juego de la sangre
y a la edad en que se mezclan sin cesar los sexos,
se ilumina el cetro y arde la salud, y se establece
definitivamente el orden humano en el desorden
universal o al revés para que cada uno y cada todo
continúe fluyendo sin ruido, tú y yo

son devorados por el Lacoonte del Greco o de Rilke,
nombres que devoran nombres y son devorados
a su vez por nombres en sucesión interminable,
no quedando apenas una dirección en el espacio
para hablar de ti, pues la espacialidad se diluye,
ni de mí, pues la espacialidad se diluye,
sino un gesto inhumano que mudo serpentea

y marca el conocimiento como a una res histérica,
y desmiente que enseña, más allá de mostrarse,
otra cosa fuera de su anunciación.

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