Sin valores, acaso sin verdad

El poeta Al-Mutanabbi dice «Se preocupan las gentes por esperanzas múltiples, / pero tú en los dones estás ocupado». Por fuerza han de levantarse los ojos del texto. ¿No es cierto que todo nuestro pensar en el futuro, planes para la próxima hora, qué cenaremos hoy, cómo será este verano, no es sino un esperar, una atención dirigida hacia lo que viene, una esperanza? ¿Cómo sería si, en lugar de esta actitud, sostuviéramos tan sólo la de aquél para quien la actividad de la mente dilucida ‘qué puedo dar’ y sólo eso, ‘qué puedo dar’? ‘¿Qué de mí puedo dar mientras contigo hablo, qué a ti, pequeño gorbé, mientras jugamos sobre el piso, y a ti que inesperadamente te quedas mirándome o en quien mi vista se posó porque aquí estabas?’ Viviríamos en un presente olvidados de esperar, es decir, habiendo descartado el tiempo del paisaje; y no por convicción o filosofía, sino en absoluto descuido. Pero no se trata de que ‘así viviríamos’, sino de que así vivía él, a quien Al-Mutanabbi conoció en el poema, así hay quien vive, así es posible vivir.

Al cierre se pregunta «¿Cómo agradecer la magnificencia de la mano / de quien no considera haberme hecho un regalo?» Ahí nos enteramos de que él, el donador, no sólo vive sin tiempo, sino además también sin valores, acaso sin verdad.

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Adolescencia

Suena el golpe sordo contra el tronco, y las teclas salen disparadas en todas direcciones. Ella emite un gorgeo-gritito, girándose sólo a medias. Él exclama con voz lenta y meliflua —¡No funcioonaa!— y añade contemplando el teclado con afectada lastima, como justificándose: —¡Teníía que intentaarlo!

Lo que sorprende es, ante todo, el primitivismo. Él no tiene en cuenta el ser del árbol. Para él, árbol y teclado son meros objetos interpuestos entre el yo y el mundo, o meros útiles —¿que darían forma a qué?

«A qué, a qué…» resuena mientras me alejo evitando pisar la tecla A, la tecla O, con este sopesar el pensamiento (no hay árbol frente al pensamiento, o es el mundo frente a él, en su totalidad, lo que golpea).

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Ponerse en lugar de los demás

De los demás, es decir, de otras modalidades de ser. La del pequeño insecto, por ejemplo, que entre lluvia, relámpagos y truenos ya no tiene presencia; o si la tuviera acaso, por azar inevitable, cesa completamente en su actividad.

Siempre me ha intrigado esa forma de desaparecer que tienen los insectos, pero sólo ayer noche, tal vez por la coincidencia de tormenta y duermevela, fui consciente de la intriga. Y un momento antes del sueño alcancé a decirme: «tengo que preguntárselo mañana sin falta a Rafael».

Rafael es un eminente entomólogo, además de un hombre sabio en muchas otras cosas y me pone al corriente de los fenómenos de la quiescencia y de la diapausa, que entre los insectos a menudo se desencadenan por diferencias de presión atmosférica. Y mientras él continúa hablando de cierta especie de cérvidos, de los que se sospecha detienen la gestación el tiempo necesario para dar a luz justo en mayo, inadvertidamente comienzo a sentir como un mosquito.

Imagino cómo van llegando ominosos signos de tormenta y el mundo va cerrándose en torno a mí; desesperado, busco por instinto refugio a mi dolor, pero la sensación es tan abrumadora que en un determinado momento, por así decir, me desconecto. Me desconecto hasta tal punto que, en realidad, no llego a conocer la tormenta.

Mucho más tarde abro los ojos, muevo las alas: la vida seguía estando ahí.

Siguiendo el ejemplo, el cese total de actividad, que asimilaríamos sin dudar a muerte, parece convertirse en un hecho relativo cuando nos ponemos en lugar de los demás.

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