Antonio Mengs



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Cuaderno en tránsito

 

 

 

 

 

La anunciada



Hemos atravesado el valle, es primavera,
hacia el pueblo amurallado en la colina:
desde las almenas, por el oeste, se divisa
la llanura; es primavera ya, y el verdor
asoma al borde de ese frío desvelo blanco,
luctuoso y ancestral, que a su abrigo acoge
y exalta y conmemora el dolor y la muerte.
Es primavera, principio de la primavera:
momento de ascender y traspasar el umbral
de las corolas en que se amilana el viento
y pisar el atrio angosto del pequeño pueblo
salvado en alto, entre nubes dispersas
y sol a rachas. El paisaje se alumbra
o se entenebra alrededor siendo el mismo
y con él nuestro ánimo enuncia sin alzarse
—nuevas plumas devotas aún de sombra—
redobles de palabras, palabras como nubes:
el sol padece de amenaza, desvalido, mas el paisaje
no cambia, porque el invierno no existe ya.

La calle bajo nuestros pasos fluye aérea
y líbrase de sueños migratorios; antiguas
plazas y plazuelas a ras de cielo estilan
una elusiva meditación en flor. El deseo,
en primavera, se avienta como polvo
sobre los caminos ávido de espacios nuevos,
acaricia leve, musical reposa, remonta
sostenido luego aquí, como si la divisa
inabarcable abierta desde lo alto asilara
—tibieza, hogar e incluso prado apacible—
un saber sin defensa de pueblo amurallado,
fervoroso de música y de letras: águila
doble bajo dispersas y blancas nubes y sol
que azorado se aviene a discreción. Arco,
calle, plaza, Plaza Mayor, recodo, cuesta,
costanilla, calle de las Cuatro Esquinas
tañen, pulsan, rasgan, leen, dicen, susurran
pasos, miradas, tacto. Canción todo y todo
libro, rabel todo y todo códice, todo prensa,
todo hilo, memoria vigilante y primavera,
apenas primavera, porque el invierno no existe ya.

Y desde el adarve occidental, de allí
donde en días claros el Teleno y la Culebra
sustraen a la importancia la Casa de las Rejas,
un gran insulto inabarcable, espléndido
de llanura, vuelve a espaldas del pueblo
y entredice y entreintima el lugar alto
hasta el punto en que invisible se ve
desenvoltura sin más entre las nubes,
ansia de esparcimiento y luz; silenciaria
primicia que demora, investida de limpios
celajes y páramos de Abril, nuestro sustento
hasta negarlo: sol y nubes, la altura, el valle,
música y letras se suceden como polvo
en busca de otro espacio.
                                        Comemos pan duro.
Los caminos sestean hacia el horizonte,
en primavera: el invierno no existe ya
y al hambre nada le importa.


(en Urueña, Villa del Libro; Semana Santa 2007)



 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[3] CUADERNO EN TRÁNSITO

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