Antonio Mengs



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Cuaderno en tránsito

 

 

 

 

 

Lisboa no es mi ciudad

 


I

Érase ciudad con el sólo propósito de herir,
cuyos ojos se miraban en los tuyos
para dárselos al mar,
porque ella sólo mira al mar

y era la ciudad desesperada,
con la sabia y medida desesperación apasionada
del río que ensancha su dominio hasta morir
de tanta ansia de mar, que nunca podrá ser,

una ciudad como ninguna floreciera
en claridad desnuda, íntima y cursiva,
vencida hasta el extremo desde donde despide
sucesivo el aroma que no puede volver,

con la incierta belleza de lo sólo posible
y el roce que medita, no interesa
si fue o no alguna vez jardín: mañana, dice,
esa ciudad que dice mañana, mañana

y se vuelve a señalar el banco junto al río,
la angustia junto al río y el amor de las aguas,
su insistente plegaria de voces reunidas
en lenguas rumorosas, despaciosa y antigua;

el puente junto al río y la calle que sube
toda la colina sembrada de casitas y palacios,
en uno de ellos vives y en una de ellas mueres,
o al revés; no importa eso

—la vida como sueño se esparce adolescente
tras un canto varado en la vigilia—,
sino que allí se adquiere la dulce perspectiva
de ver los barcos lentos partir, a lo desconocido.




II

Lisboa no es mi ciudad, Lisboa no es el reino.
Lisboa, que se inició velando, se hizo niebla
seguida por los vientos que la ciernen,
silenciándola: niebla enterrada entre viejas colinas,

niebla anegada en el riomar, proverbial,
ánima que entra, sale y solícita
por los siglos recorre un sueño ajeno
asilando a tristes huérfanos sin nombre,

Tú en el lecho doliente de las cuadernas rotas,
Tú en el mar deslucido de memorias navieras,
volveremos, dijisteis, por mediación del sueño,
otra vez a Lisboa
, donde nunca estuvimos

en nuestros largos viajes de atesorar—
una rosa dormida, un jazmín ignorado,
un crepúsculo muerto, una arboleda
perdida.
                 Todo ello terminó, todo ello.

Apenas con lo justo en el tiempo asonante,
los labios entreabiertos —calcinada blancura—,
en Lisboa que hiere porque mira a lo lejos,
a orillas del gran río, se espeja la renuncia.



 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] CUADERNO EN TRÁNSITO

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