| |
Cuaderno en tránsito
La casa de té
A Su
I
Un antiguo palacete redecorado
en el espléndido solar del extravío.
Rodeado sin causa por las aguas,
sube las escaleras el fantasma
del maestro de té.
Japón queda tan lejos de Cascais
como las ceremonias del turismo activo.
Nadie pregunta aquí
cuál es tu procedencia,
a quién, a dónde, cuándo te destinas,
si ya mera pavesa convaleces,
si eres flor ilusoria, lisiado
o eremita.
Tan solo
es el camino.
Sobre el entarimado —nadie
parece darse cuenta—
nos preceden
los silenciosos pasos del maestro.
Nunca
parece darse cuenta.
II
Recorremos
los pasillos de la casa:
entramos
ante una puerta abierta;
desolados frente a las cerradas,
atisbamos tras los cristales.
Si nos miran, bajamos
los ojos, hacemos reverencias.
Las multicolores telas de Oriente,
las insólitas tallas de África,
la cerámica y la artesanía local,
como en cuento de maravillas
demandan más y más
luz a los sueños.
Y así, como en sueños —se anticipará
el maestro a los deseos— no es
de extrañar que en esta isla jardín,
rodeada sin causa por las aguas
en medio del espléndido solar del extravío,
nunca, nadie hubiera pensado
nadie, nunca,
en té.
Con irresistible encanto
y típica cortesía portuguesa, dice
no, de momento, a la cámara.
No es sólo que las grandes latas rojas
alineadas en la pared de estantes
sean preciosas: hay más
en este día sin rumbo por hacer.
¿Eres alguien famoso?
¿Quieres las fotografías para una revista?
Podrías ser reportero, actor de cine, o escritor…
¿Cómo voy a saberlo? Por aquí pasa
mucha gente.
Esboza un ademán dubitativo
y escucha, un momento, dice el aire
mirándole a los ojos fijamente.
Toma una lata al azar.
La abre
y vierte un poco de té en una cazoleta.
Siéntelo. Aroma de trópico,
de flores y de incienso, de monos
y de templos, de rutas polvorientas.
Abre otra lata;
deja caer sobre la tapa,
poco a poco, la hierba seca.
Óyelo. Sonaja de abalorios,
granizo vegetal, cual soles diminutos
quemados por su fuego van cayendo
la espesa flor del árabe y del negro.
Y así desgrana el mundo
las violáceas hebras del Dajeerling,
el Oolong favorito de los versos,
el que es apenas polvo, de los monjes,
el alumbrado en humo de la estepa,
el preferido por la naranja
casa real.
El mundo es grande y lleno
de caminos. El mundo está poblado
de leyendas. El mundo es un bello palacio
rodeado sin causa por las aguas
en medio del espléndido solar del extravío;
y su secreto lo dice
la hierba: roja, verde, clara y ligera, volátil,
y densa, grávida, con las flores, el humo
y el rastro de las manos
y el signo de los climas y navíos
que hasta el sueño lo trajeron.
Todo el sueño del mundo,
todas las grutas del mundo,
todas las aguas del mundo
se resumen en té.
¿Despertarás, la hierba,
todo el sueño del mundo,
todas las grutas del mundo,
todas las aguas del mundo
ahora?
Fotografía cuanto quieras,
mas no pases como un fantasma por la vida,
ha sentenciado recobrando la presencia
el maestro de té.
Despertar en sueños
no siempre es posible.
|
|