| |
Cuaderno Azul
La viuda y la noche
Cuando él acaba tú permaneces,
señora de la noche; señora
que siempre su dominio presenciaste
en tu dominio de luz. Y cuando ella,
tú ya a solas, reclama sus desvelos,
poco a poco extiendes
y delicada tensas
su rictus y acomodas
tu escasa pertenencia en aljibe de lágrimas.
Nada asegura un amanecer, al menos,
piadoso, un inicio de cauce,
un asomo de río; mas bajo tu mirada
las cosas se ordenan nuevamente,
e irradian. Y los lugares de antaño
hacen en torno a tu rostro un halo
de verdad.
|
|