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Antonio Mengs



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Cuaderno Azul

 

 

 

 

 

El lecho marino



La cama es un prodigio cada noche
habitado por distinta suerte,

acoge las últimas palabras,
trasládalas a cielo
abriendo la calima que negaba distancias
en la oración del mar
               y alienta en el despierto
constancia de oleajes,

meciendo sigilosa
              asonancia sutil e indescifrable;

acoge al cuerpo en fuga
de las mareas de lo invisible,
el tenaz presentir desprendimientos,
cantiles, calas, playas
laceradas;
                  medusas,
vuelta ya opaca en absoluto
su fluida transparencia,
y cuanto sigue
                 —pese al sueño
y su querella—
el movimiento del poder;

disemina el sosiego del yo en tiempo
de nueva debilidad;
                                   mensajera pasiva,
                  como la arena, quiebra
la sintaxis que nos llevó a su confianza,
disuade su apariencia misiva,
su querencia varada

                y lo enmarca alrededor del patio,
aún en claro

                        y allí,
jugadores de cartas que disputan,
un afónico pasodoble, una olla
ensayando las artes del infierno,
la motocicleta que se coló y ladra,
llanto de algún niño —o el hambre,
o el celo, de un gato— y un canto
sangrante, rajado de alcohol,
penosamente desigual y entrecortado,
lanzan hacia arriba
                           señales, señales

que no guían, no salvan;

ya no se opone entonces,
ya no le restan fuerzas para darse
al que se da por vencido,

todo es un hecho
pleno;

              incierta y temblorosa,
sonámbula asimila una palabra
la consciencia —Mediterráneo— a minutero
de efímeras orillas,
mientras él se sucede,
            alerta y crítico a lo lejos,
                                            como un eco.

Sólo más tarde al fin reinará el sueño.


* * *


De día la cama está deshecha,
abandonada entre fanales;
tras su reflejo
apagado en el ventanal,
           se ve el vacío
silencio de la terraza,
la brasa que lo incendia,
el fulgor delusorio;

mas el rumor que invoca,
              en vacilante guía,
su aprehender minucioso
el latido que mana designando
los cauces, las riberas y la ofrenda,

vuelven a erguir al despierto,
su rostro hacia el sentido,
su aserción hacia la luz.

Y los pasos se dirigen hacia la terraza
que les abre las alas,
               mientras sonríe al fondo replegada
la vela de la cama con un guiño.

Parece que dijera: «míralo».

Y el mar está ahí.

 

Sagunto, 1999 – Alacant, 2005

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[4] CUADERNO AZUL

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