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Cuaderno Rojo
Terminal
Por todos los trenes que se pierden
en el mar de centellas sin trasladar la sombra;
por la queja discreta de las vías,
cuya nostalgia da lugar a los puentes;
por esa sombra alzada sobre el puente
mirando el tren que arriba al mar de centellas;
por esa vía muerta, de pasión deslumbrada,
que no halla cielo abierto a su ceguera;
por el clamor que aleja la última asonancia,
zaga para la brisa, que huye desconsolada
tras el que pasó ya y ya no se alcanza;
por la sombra que cala más sombra en lo más hondo,
mientras la luz de cruce inútil se persigna
cual exigua conciencia de azorados colores;
por el río a lo lejos, de tristes, por serenos
pasajes de cipreses camino de veloces;
por esos tercos topes agrietados, sucios
de barro, negros de humo, envueltos en neblina
como un salmo agotado en su programa viejo
cuya fe no es principio sino desvaído intento;
por esa ajusticiada invención del frío nocturno
que nunca extrañó nadie porque nadie la oye;
por ese amor que es —casi siempre rezar
y a veces sangre— y no es —la luz del mediodía
al saludar los prados los trenes de la infancia—;
por esa nieve eterna eternamente impávida
que marchitó esas flores y aquéllas y aquella otra;
por esos viejos trenes que fueron de la luz
y la luz enterraron en rieles boquiabiertos;
por esa sensación a solas sobre el puente,
sin piedad abocada al cisco de la nieve;
por los mares lejanos y los mares abiertos,
los mares de centellas que no lloran sus muertos;
por vidas que se fueron dejando entre sus manos
el río del corazón del puente horadado;
por la figura tenaz y persuasiva, llameante
e hiriente, ensimismada y percusora
por salir —como flor o pájaro o agónica luna—
inevitable, rítmica y en palabras flechada
sin conciencia y sin yo hacia la noche,
ni ángel ni pasión sino barquera amada—
una mujer encinta de las aguas del sueño,
una virgen gravada con el tránsito mismo,
la que en anocheceres viaja teñidos de espanto
en busca del amado cual insensato silbo
y se pierde en promesas de lugares remotos,
y se pierde en plegarias de países ausentes,
y se pierde en amor como un dios en el tiempo
que siempre llega a sí pero no se da cuenta,
¡el río! ¡el río! dice, el sueño, el sueño
y yo la oye, yo escucha, un momento varado
sobre el puente sumiso y silencioso,
camino de los astros, del asir evasivo,
mientras el tren se hunde en el mar de centellas,
sin trasladar la sombra, por la queja discreta.
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