| |
Cuaderno Rojo
No es verdad
A Patricia Liliana
Todos los caminos conducen a Roma
Estos hilos llevan a algún sitio.
Un sitio por un sueño de tiempo,
imagen de la marca de tu vida.
Su decurso la pequeña ganancia,
un haz de pradería; su paisaje,
lenta y audaz labor del laberinto
que en un país de nubes lo disuelve.
La marca, sin embargo, viene a ser
molino donde avientas las pasiones
en una era sin uso que a su lado
te mira silenciosa. Las dejas en el aire,
las dejas que se vayan hacia el río,
que el sol las intercepte en pleno vuelo,
acune su descenso, las incendie
en el agua.
Entre cantos rodados
es el hilo y la voz. Y es el agua.
Agua de los espejos, lo demás nada.
Agua de los espejos tuya y mía.
El mundo que en sus ondas se refleja
tiene sabor sonoro, flor de plata
y pacífica estela de ángel muerto.
(Reconoce que alguna vez lloraste
por ver a aquél llorar, como si el cielo
realmente existiera, con translúcidas
penas que al ocaso empañaban,
vírgenes de las puras superficies,
el dulce presentir de su figura).
Sangre de ángel oscurece las cifras
que atan verso y memoria elementales:
no deja él de morir mientras suceden,
y en sus trémulos pliegues guarda
latencia a su muerte.
Entre un reflejo
y otro, es el duelo. Y es el verbo.
Verbo de los espejos, tuyo y mío.
Verbo de los espejos, lo demás
nada. Roma da fe, santo y seña
de las formas de perder el sentido,
de las formas de extraviar el camino,
de las formas de anular el destino.
Roma, forma de formas, victoriosa,
es el único sitio: tierra por medio,
pero sólo aire, agua, fuego;
término de los signos lapidarios;
sombra de las cenizas de la historia.
Y el roce misterioso en que se gasta,
como hilo que tenso continúa
a tirones de tiempo, sólo existe
por ti, como tu mundo.
Entre este mundo
y tú no hay diferencia. Hay propiedad.
No es verdad que otro dios esté aguardando.
|
|