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Cuaderno Rojo
[No son las petunias...]
No son las petunias a los pies del olivo
del olivo, sino espejo gentil de su corona.
Entrañada con dolosa pasión fija,
la luz que se prendió en él camina
del espíritu en verde que a la lluvia
participó la hoja y su espesura
a ese temblor manchado de fe y lila
vuelto sin fin de espaldas a la tierra.
Los ojos siempre en medio, el medio,
dirías, la tarde variando el conductor
sudario que hila la memoria: petunias
que alzan la misma historia extraña,
olivo tumultuoso que desciende, solo,
a su guarida sin gloria, como fúnebre;
el cielo azul, la tierra negra, el silencio.
Cemento. Vidrio. Un tren que pasa.
No es el olivo en su mecerse tembloroso
sino estas nuevas aguas manuscritas
en el ardiente espejo de las flores.
Toma ésta o aquella otra, di a quien quieras
toma, llévate ésta, estaba a los pies del árbol
cuando empecé a vibrar, o aquella otra,
más morena, por cosas que no entiendo,
espíritu, espejo, luz; tierra, espesura.
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