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CUADERNO VERDE
Septiembre: el labrador
¿Viste la soledad marcial del Allium porrum
al abrir su destino en falanges ordenadas;
cuyas lanzas, que altivo doblegó el esfuerzo,
despliegan réplica solar ante la alegre
Ficus carica, pródiga y de brazos hacendosos,
versada en miel para la crianza y el sestear?
La poesía intenta que así sea, así mismo
es intento, instrucción librada a la intemperie
del sentido, leva suma de falta acaudalada,
protectora: no quedara expuesto el candor;
y su encendida palabra, decisora, espeja
¡Marchen! a su modo de azogue que le evita
y le sirve al dueño sumisión, ya sin allí...
Todo es propiedad en la tierra: si el rayo
aún campea salvaje por los cielos, describe
su eclipse. Mas poseer es un dolor callado
que sólo el hombre soporta. Las muertes del Alio,
una a una, el robo de niños practicado al Ficus
labran herida extraña de incurable cultivo
—amargo y satisfecho rictus, violento y plácido—
en quien los vio nacer, crecer y ahora los arranca.
Mil lances tendieron día a día su querencia
hasta el fin del crepúsculo; el trabajo duraba
aún en lo oscuro por el bien entender y la plegaria.
Ahora al amanecer aguarda, cariacontecido y solo,
un invierno que ha de pedirle también en fruto
a él: y esa soledad suya no tiene flor ni sueño,
celo para mirar, ficción, asignatura; inculta,
esa soledad suya no vendrá ya a afirmarse
del verdor, ni a pavura de voces, lluvia o himno,
esa soledad suya tiene el dueño perdido.
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