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CUADERNO ÁMBAR
Artes de pesca
Descendió Dios de su catamarán para orquestar las aguas,
momento en el cual quedó eclipsada la visión.
Bajo los párpados cerrados el cielo era también verde
y el cuerpo se mecía como muerto de pura transparencia.
Al anochecer paseábamos por el espigón y recordamos
cuánto se llevaría consigo aquella vida sonriente y luminosa,
ya desaparecida. Aquí y allá aguardaban los pescadores,
y el catamarán yacía varado a los pies de grandes gajos de rocalla.
Mirábamos al mar oscuro embelesados: reflejos de luna
y las pequeñas balizas luminosas de los sedales
flotaban juntos sobre las ondas, como un hechizo.
El silencio de los peces nada sabe del silencio del pescador,
dijimos; pareció tan evidente, como si algo en el fondo
se intuyera.
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