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Hace algún tiempo fuimos testigos de un curioso intercambio epistolar. Escribía Patricia: No me obligues a decirte que hace como un mes he capturado unas libélulas que si no fuese por mi graciosa red, dormirían en un tedioso muestrario virtual de entomología. Que les he limpiado con amor el fondo para que la transparencia de sus alitas no tuviera interferencias. Que las he sometido con dulzura a un tratamiento con Photoshop. Que las he robado para nosotros...
Respondía así a unas líneas más propias de caballería andante que del siglo XXI, por lo demás audaces: Si alguna vez te pierdes en el laberinto con el teléfono móvil, no te servirá de nada, porque a quien lo diseñó lo enterraron con el plano; no te preocupes, que iré a rescatarte en libélula (Pegaso está pastando junto a una yegua de ojos soñadores y no me hace caso).
Por lo demás, al recibir de ella el retórico no me obligues el no menos retórico paladín confesaría luego, raptado por tan vencida expresión de vasallaje, haber mirado tras de sí en busca del inquisidor. Vana inquietud: la obligación a la que la dama se había visto sometida era de una naturaleza de la que sólo él parecía ser causa, de un obligado cumplimiento hace tiempo caído en olvido.
Con independencia de la anécdota y sin disimular nuestra admiración ante los primeros resultados de esas libélulas robadas, consideramos dichosa la fortuna de haber sido testigos de tal cruce de letras, pues en las palabras de Patricia se manifiestan los rasgos principales de su arte: una laboriosa dedicación, pulcra y minuciosa, bajo la advocación del cuidado, que fructifica en sugerentes imágenes de gran impacto y al fin nos conmueve.
La amorosa limpieza de las alas da lugar a una reinterpretación de la máquina y en general, de la industria, que a modo de maravilla dibujan otra manera de ver el mundo. La transparencia enuncia esa forma del vuelo en la que la palabra arte recobra su significado plurivalente: ingenio, sortilegio, belleza. Mas alas son también las manos y los soles, los signos y el duro caparazón, sus colores y destellos. El juego es útil, el útil vida, la vida juego y más allá del marco, las imágenes de este maravilloso Bestiario promueven una serie inagotable de correspondencias.
Estas líneas nos envió Patricia acerca del bestiaro:
El encuentro con una serie de imágenes recopiladas de la web (dibujos científicos, cuadernos de entomología, diagramas, herbarios, árboles lógicos, etc) fue el inicio para emprender el montaje de estos trabajos que sólo intentan ser un ejercicio de rescate y una meditación sobre pequeños mundos casi inadvertidos.
Junto al encuentro, el desafío se volvió intencionalidad: neutralizar el impersonal referente científico y liberar a estas criaturas de la inmovilidad a la que habían sido sometidas por sus estudiosos captores o sus minuciosos intérpretes y devolverlas a un horizonte vivo, a paisajes más amables con su discreta y elusiva belleza.
En esos días venían a mi lámpara fascinadas mariposas nocturnas, animales sutiles, prototipos aéreos que volaban, silenciosísimos, del bombillo a mis manos, ocupadas en escribir. Por la mañana los encontraba inmóviles sobre el escritorio y mis cuadernos.
Sé, con certeza, que habían venido otros antes a morir en la luz pero hasta entonces mi atención no se había centrado en ellos con la curiosidad fascinada que nos habitaba en la infancia como se centró desde que emprendí el Bestiario.
Sé
también que los insectos en los que me basé para realizar estos
trabajos—modificando tanto su forma como su territorio—, le
pertenecen a otros cuyos nombres desconozco. A mí sólo me corresponde el
juego serio de haberlos puesto a volar nuevamente en torno al delicado
resplandor del Lucernario.
Patricia L. Boero nació en Argentina y reside en Buenos Aires.
Estado previo
Para adquisiciones, contacto, etc., se ruega dirigirse por correo electrónico a bestiario@zonamoebius.com
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