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japón

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«… y el viento cada vez más intenso enfurecía los aromas. Y el viento era mujer. Y yo quebraba mis estériles púas con ojos sumisos para no provocar a las

 

flores de la seda. Para no descuidar su bienvenida al tenue, sigiloso, dorado resplandor. Para salvaguardar su retaguardia inerme frente a los monjes,

 

Que me decían escribe, sobre la faz del verano, algo que no pueda borrar el viento, clávalo en piedra, horizonte incisivo, inunda de aguas rojinegras surcos de tu invención. Que me decían protégelas, amurállalas, ataláyalas con el hierro del adagio, tenlas por siempre suspensas.

 

La pared se deshace, la escritura no sirve: un suave viento arriba en voz muy baja, derriba los propósitos, un soplo inadvertido hace el resplandor. Y frente a él caen las espadas, los imperios, la maraña de signos; en el se desanudan las redes, se distienden distancias, se amilana el recuerdo. En él se desvanece todo intento de protección o de querencia, porque él nos desmenuza cual migajas, porque en él vamos sólo a atisbar resplandores, porque tan sólo atiende a las flores de la seda…»
 

 

 



 


 

 

[4] japón

 

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