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flores de la seda. Para no descuidar su bienvenida al tenue, sigiloso, dorado resplandor. Para salvaguardar su retaguardia inerme frente a los monjes,
Que me decían escribe, sobre la faz del verano, algo que no pueda borrar el viento, clávalo en piedra, horizonte incisivo, inunda de aguas rojinegras surcos de tu invención. Que me decían protégelas, amurállalas, ataláyalas con el hierro del adagio, tenlas por siempre suspensas.
La pared se deshace, la escritura no sirve: un suave
viento arriba en voz muy baja, derriba los propósitos, un soplo
inadvertido hace el resplandor. Y frente a él caen las espadas, los
imperios, la maraña de signos; en el se desanudan las redes, se
distienden distancias, se amilana el recuerdo. En él se desvanece todo
intento de protección o de querencia, porque él nos desmenuza cual
migajas, porque en él vamos sólo a atisbar resplandores, porque tan sólo
atiende a las flores de la seda…» |