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Iñaki Preciado Idoeta
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El cuadro
Contemplabas el valle a vista de pájaro, con sus pueblos diseminados por las laderas y junto al pequeño río. Veías cómo llegaba a perderse a lo lejos, en la oscura y ancha cinta del río de la Felicidad, el río de Lhasa. Y luego éste, allá, muy lejos, confundido con la bruma desaparecía entre las montañas que protegen el Yalungtsangpo. Poderosas montañas cuya fuerza, irradiando desde sus cumbres nevadas, llegaba a apoderarse de ti. Si algo hace diferentes a las cordilleras del Tíbet es esto precisamente, pues en ninguna otra parte se hace tan patente y perceptible la energía que desprenden las montañas. Hay algo, sin embargo, de aquel paisaje que no se puede describir, y sin lo cual todo cuanto acabáis de leer se quedará en pura y vacía sombra, incapaz de provocar el sentimiento que al que esto escribe provocó. Ese algo es… la luz.
Ya desde el mismo monasterio podías admirar aquel sorprendente espectáculo, pero la soledad y el silencio de la gruta acrecían la sensación. Era como si tu capacidad de percepción estética se hubiera centuplicado.
Unos días después estaba allí de nuevo. Instrumentos
rituales, libros, el thangku para la tsampa, fruta, saco de dormir, una
linterna, papel y lápiz, en fin, todo lo necesario para pasar retirado
una semana. Únicamente me alejaba una vez al día para lavarme en un
cercano arroyo. De ojos para adentro nada puedo decir, de ojos hacia
fuera tampoco puedo, pero por pura incapacidad, como antes he dicho, de
describir lo que durante aquellos días me fue dado contemplar. Me
sentaba en una piedra, en el borde de la explanada, como cuando te
sientas en un museo delante de una tela famosa. Sólo que en Shúgseb el
sentimiento era infinitamente más profundo, y no llegabas a saber quién
contemplaba a quién. No eras tú el que admiraba el paisaje, sino el
paisaje el que te hacía parte suya, y ya no eras más que una gotita de
pintura, infinitamente diminuta, en un cuadro de magnitud infinita. Y
además una gotita que, una vez puesta en el cuadro, deja ya de ser
gotita para convertirse en el cuadro mismo: un cuadro que, en realidad,
no es cuadro y que ni siquiera existe.
en ‘En el país de las nieves. Viajes por los laberintos tibetanos.'
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[8] POIESIS |
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