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Salmo I
La madrugada se despierta erguida entre los árboles;
y mientras la muralla entona su credo de piedra
y discuten los peces en el fin del mundo su verdad de peces,
una rama desasida del árbol rueda la escalinata
—bella muerte—.
El arco de medio punto amplifica el aleteo de un gorrión
que equivocado de Norte, allí colgó su nido;
tras las celosías: ventanas, ventanas, ventanas:
ojos-vitrales y bocas emplomadas que hablan de infinito.
Con la urgencia con la que se derrama en aromas
el súbito golpear del incensario,
en medio de un atronador repiqueteo de campanas,
olvidada del signo exacto, y la frente reposando sobre la mano
que sucumbe al gozo desmigajado de la piedra
(durmiendo el sueño de los Ángeles),
igual que el peregrino que sabe acabada la jornada,
mendigo un poco de descanso.
Sin albergue, deambulo; y sola con el rumor del mar,
el único capaz de anestesiarme la memoria,
asumo mi presente igual que asumo el cosmos, y levanto la cabeza:
a medio horizonte el sol es una dalia, allí, en el cielo.
Ciego mis ojos con su luz; no quiero ver gaviotas planeando,
ávidas de deshechos, sobre los restos del naufragio.
Y bajo una lluvia de plumón gris, esparzo mi ternura —de ola en ola—
Sé que ahora vuelan hacia alta mar, en pos de lo que creen mi alma,
al encuentro de mis monstruos marinos, y enmudezco mi voz:
hoy no quiero que cumpla con la piadosa obligación de orar por esos muertos.
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