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Indah

Luciérnagas sin rima buscan

apartamento oscuro

III. CON EL PASO DEL FUEGO



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Yo soy mi memoria de mí. Yo soy mi voz
 

 

«Yo morí de un corazón hecho cenizas»
Crommel Ynck


 
pero siempre te encontré en la belleza,
(inalterada) de mi silencio cuando, en voz baja,
me escuchaba decir: te quiero. Mi corazón hecho cenizas.
Todo, de golpe, perdió su luz (habito en la penumbra)
oscurecido el sol, ya no había desiertos, ni nubes en el cielo
porque no había cielo.
La oscuridad avanzaba por delante de mí,
y corría, por encontrarte, sin saber hacia dónde
(corría en todas direcciones), y preguntaba a cada árbol,
piedra, recodo, río, incluso a cada hombre, mujer o niño:
¿lo habéis visto, decidme, lo habéis visto?
(me nacieron ojos en la espalda; y de noche y de noche,
pues ya no había día, te buscaba),
temía por tu vida; temía por tu muerte mezclándose en la mía.
 
Y allí, en lo que fuera alguna vez jardín
—toda esperanza yacía bajo tierra—
traté de interpretar, por equivocarme de nuevo,
el destino que un espejo roto me leía:
yo soy mi voz, soy mi memoria de mí; mi memoria y mi voz, soy yo, dije;
e ignoré sus augurios y creí en el milagro
que es poder decir quién eres, sin miedo, y en voz alta.
Desenterré, con estas manos que ya apenas se ven, la esperanza,
y bajo lo que fuera cielo,
deseé ser arena de grano fino,
volver a ser desierto,
   y cielo,
      y acústica,
         y capilla,
            y lágrima
               y cristal,
                 y sombra de tu sombra
                 y llama fugitiva entre tus dedos índice y pulgar.
 
Deseé, a qué negarlo, desatinos. A pie firme,
frente a todos y todo (relámpagos de amor a borbotones)
bajo una lluvia que, no puede impedirlo amor, no pude impedirlo,
me solidificaba: detenida (mi corazón hecho ceniza) alguien, algo,
separó el juramento de tu sangre y la mía;
alguien, algo (como la rosa al pétalo que la hizo bella y única y perfecta),
la dejaba caer, con oficio, con lentitud medida;
y alguien, con una pluma, veteando latidos
extendía sobre mi cuerpo tan frío, tan de mármol,
la última gota, y un camino sin fin, de lutos y de duelos
(tan ajenos, tan propios).
 
Y aún siendo estatua, y aún siendo mi alma piedra, no cejé:
mi boca pronunciaba los nombres de tantos olvidados
—uno por uno me devolvía el eco los ecos de su olvido—
¿quién podía escucharme, amor, si no me escuchas tú?
¡Quién, liberar mis pies hundidos en toda esta ceniza cubierta de deshechos!
(tanto horror rodeándome); y quien, de esta condena.
 
Vivo, sí; en lo que fue alguna vez jardín,
oprimida por árboles y hojas,
¡ay, cuánto pesan el odio, la soberbia, los errores humanos!
Y sé que este amor, ¡este amor!, no me permitirá morir,
por eso, mientras las madreselvas que rodean mi cuello,
tratan de acallar para siempre mi voz, yo vivo pronunciando tu nombre
y —pese a quien pese— el nombre verdadero de las cosas;
pero dime, si alguna vez me necesitas, si alguna vez me llamas,
cómo, dime cómo, amor mío, cómo podré acudir:
 
«Yo morí de un corazón hecho cenizas».
 

 
 

 



 


 

 

[11] INDAH - POEMAS

 

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