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© Costumbrismo sentimental
Como al mar, se me va cayendo encima la mañana
y, entre mis pestañas,
un revuelo de vida sobre el mármol, perdurable a los ojos,
(busco tu voz en la profundidad de un pozo: sus pupilas)
se abre una ventana a la esperanza,
colmada de incertidumbres, de secretos.
Hay un silencio religioso en el aire: San Tirso, San Isidoro, San Benito,
casi sacramental. Y, en el aire, asustándola,
el «aullido» del último juglar rasga el etéreo mástil de la luna;
me fumo un pitillo viendo como se aleja,
distante como el cielo, con su vela de nube, y ofendida;
en una esquina, cerca —reacia la luz, y ambigua—
niño y gato se miran, quietos los dos, se miran
(creo que se comprenden).
Hay un recogimiento hacia el vacío bajo los soportales
—el ocre describiéndome los arcos—
y persisten los vínculos del sueño, caminan a mi lado,
como en Porlier, «El Viajero» de Urculo,
persiste en su espejismo:
lo efímero violando un eterno de Catedral-Basílica, y torre, o lo efímero
violado por lo eterno, en el lienzo sobre un improvisado caballete; observo,
y algo, la rosa o las espinas, me lo recuerdan: «Podría transformarme en
persona grande e interesarme sólo por las cifras.»
—¿Te gusta?— pregunta (y hasta parece que le interesa mi respuesta)
—Sí, pero, por favor, ¿podrías pintarme «untequiero»?
No se sorprende, asiente.
—¿Y no temes que se lo coma el cordero?
Sonrío, los dos sabemos que los corderos
no comen ni «Baobabs», ni «tequieros».
Veo la alquimia de la luz desde sus manos,
y un paraíso estrecho (de planeta marino)
por el que, lenta, acostumbradamente
—el horizonte extendiéndose— navegan dos pinceles,
y un silencio inaprehensible de elefantes-boa,
que me absuelve:
«—¿Oyes? —dijo el principito—. Hemos despertado al pozo y canta.»
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