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Atrás quedan
(artero tiempo de mis dos mitades: qué ansia de quedarme y me voy)
la sala de esperar sonidos de metal oxidadoBrumoso
y maletasOrugas que arrastran a sus dueños ocultos en gabardinas beiges;
se derivan las voces: huyen hacia un silencio de acacias
que acurrucan el frío —inhóspito nevero— de los grandes espacios,
hiela sobre los rostros, los besos, las caricias, los mil y un adioses.
(Hiela sobre mi boca el dolor blanco y rojo en que te dejo.)
Frente a mí, un solar vacío se puebla de balcones fantasmas:
en todos —juego de luz, espejo, azogue— habitas tú
y una agonía evanescente —insepulta— que irradia purísimos azules.
(Me siento a mirar ventanales, y las blondas, encajes, los zigzag,
me hablan de inquietas esquinas que se angulan,
de un tiempo inamovible, de calles desandadas.)
Hoy, que la tarde peina rizos de niña púber
y yo despeino en mis cabellos los olvidos y las palabras dichas;
hoy, que la luz es un cristal perfecto —exactamente roto—
hoy, que es tiempo de katiuskas amarillo mimosa
(pastan aviones bajo un cielo embobado y ya casi plomizo)
de tu marfil —de enroque a enroque— escogeré mis uñas.
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