| |
¡Ay!. si aprendieras
a serenar tus versos de apresurada tinta, alma mía. No tendría que decirte:
hay que llorar, pero despacio ¿sabes?, sin esfuerzo, casi en silencio.
Ni tendría que gritar: ¡corre! Aléjate. Busca un atajo. ¡Huye!
Y es que me sobrecoges.
Me sobrecoges cuando ese ventajista buscador de oro,
pez-verso, pez-poema, depredador de palabras diminutas,
te seduce, y te arrastra hacia el preñado vacío añil
—porque es añil— en que se engendra (solo).
¡Huye, te digo! Y si no puedes, si de verdad no puedes,
recuerda que aunque la noche profetice su negrura
sobre las copas de los árboles, y la niegue, la luna sobrevive
—no existe mejor lugar para la duda—.
Huye, o abstráete —como yo— observando las palmas de mis manos
(me sorprende, a veces, este color desierto que, me parece, tienen)
pero no justifiques tu derrota.
Hay que «mimar a la vida» ¿sabes?, no basta con llorarla.
|
|