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Exposición en blanco y negro
Hoy, que me siento diciembre contenido,
apretado de nieves y de musgos; hoy,
que velo de domingo a domingo, añoro mi inconsciencia:
aquella que me dormía el lunes por olvidar el lunes,
y amanecía cada mañana siendo viernes. Hoy,
que me pregunto, por qué no tengo por corazón un poema
y por manos dos palos carcomidos, si para menos sirven.
Hoy, que hago inútiles preguntas, ésas que nunca
hacen los muertos: los muertos
no preguntan, niña, como preguntas tú; ni muerden los sudarios,
ni sus labios repiten con Cirlot, lo que Cirlot decía:
«Hoy lo recuerdo muriendo yo, muriendo tú».
Pero tampoco ellos te tienen por conciencia, y tú, que sin permiso
te eriges en la mía, has desgastado el sol
—amarillento gato—, y ahora, que es completamente luna,
tu nombre (impronunciable) me hiere las encías como si masticara cardos.
Cuatro listones y un mísero cristal, son suficiente para cubrir tu rostro,
pero sigue lloviendo ceniza sobre tu piel apenas estrenada,
y no puedo dormir porque me miras. Me miras, intensa, profundamente.
(Tú: exposición en blanco.
Yo: exposición en negro.
Ellos: exposición en negro.
Mi insomnio: exposición en negro.
Exposición en negro: las larguísimas sombras del hambre y de la guerra.
Y no termina el año, y no termina de amanecer el día. Y no termina.)
Si al menos cantara el grillo tres veces. O dos.
Si al menos cantara una.
Pero no canta, y sin raíces (muriéndote, muriéndome),
¿cómo florecerá la Primavera en mis macetas de cartón,
si en el laurel enmudecieron su canto las palomas?
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