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Yo suspiré. No voy a decir que me alegrara de que mi abuelo le
hubiese agujereado las orejas, aunque él (Natanael) no me soportaba,
quizá por las circunstancias en que nos conocimos, pero entre sus orejas
y las manos de las ánimas del purgatorio media un abismo; y si no, que
se lo pregunten a Lázaro.
Y así fue como el primer burro de la historia a quien le asustaba el
viento más que a mí los gallos sin cabeza, consiguió tener dos hermosos
agujeros en sus orejotas: ya no tenía ningún problema, dijo el
veterinario, para que le colocáramos dos preciosos pendientes. Desde
entonces, y mientras Natanael vivió, cuando hacía viento, mi abuelo
escucha atentamente, si oía cascabeles, se levantaba y abría la puerta.
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La Folgarada
Ina bajó demudada. Lo había visto, sin duda se trataba de él:
el trasgu, ese duendecillo que entra por la campana de las cocinas y
cambia de sitio las cosas. Travieso y juguetón, por las noches, si no
estaba de mal humor, se colaba en las casas para hacer las tareas
pendientes o, si está malhumorado, para romper objetos o cambiarlos de
lugar creando una gran confusión.
—¡Ina!, ¡¿cómo es?!— le preguntó mi hermana muy alterada.
—La Santina nos proteja, la Virgen del Carmen y las ánimas
velen por nosotros. Ah, ne, ne, ye terriblemente feu, viste un gorruco
colorado, y un trajecín del mismo color. Y tie cuernos, y rabu, y un
agujero en la mano por |
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