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Sonó el primero
—¡Las corbatas de Unquera son exquisitas! ¡Las mejores del mundo! —decía mi hermana, que estaba en la edad de decir cursiladas. Yo miraba de reojo el ridículo suéter que se había puesto, y trataba de no reírme. Para conseguirlo, y aunque ya había terminado, recordaba el viaje en tren: había sido una pesadilla. Siempre eran una pesadilla. Mucho antes de llegar, ya estaba harta. —¿Cuándo llegamos? —preguntaba enfurruñada. La señora de enfrente, el señor, la chica, el revisor, y hasta mi hermana, respondían lo mismo: —Pronto, bonita. Antes de que te des cuenta, hemos llegado. Y yo quería darme cuenta, pero al parecer no me esforzaba lo suficiente. |
Era la primera vez que viajábamos solas y mi
padre había explicado al revisor y a todo el que quiso oírle, y a quien
no, también, que debido a problemas de última hora no podían
acompañarnos, de modo que nos encomendó a todos ellos. Tardé en saber
que aquellos problemas de última hora iban a pasarse varios meses
berreando, y otros tantos destrozando mis juguetes. Yo, lo único que
quería era llegar y dejar de ver (como los pies no me llegaban al suelo,
mis piernas se balanceaban con el movimiento del vagón) los horrendos
zapatos que me habían obligado a ponerme. Mi hermana, harta de escuchar
mis quejas —o eso dijo— me cambió por un muchacho más feo que Picio,
aunque he de decir en su favor que era el único que tenía a mano;
viajaba en el compartimiento justo a la derecha del nuestro. |
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