| |
Estoy dormida, o mejor sería decir que estoy en ese
estado intermedio entre el sueño y la vigilia en el que cualquier imagen
onírica puede aparecer. Te acercas por detrás, me besas en el cuello. Es
un beso pequeño, suave, como un soplo. El tirante de mi camisón de seda
cae sobre mi brazo derecho dejando asomar el nacimiento de los senos.
Apoyas tu barbilla en mi hombro susurrando unas palabras que suenan
libres, serenas, como sólo lo pueden ser aquellas que se dirigen a quien
no puede oírnos.
Me echo hacia atrás y me acurruco entre tu cuerpo, mi espalda en el
hueco convexo de tu pecho, mis muslos apoyados en la parte anterior de
los tuyos. Puedo sentir el calor de tu cuerpo, mis pies descalzos contra
tus empeines. Un doble abrazo, cuatro manos y cuatro brazos sobre mí,
cubriéndome.
Respiras en mi oreja y dejas que un rastro de saliva la recorra poniendo
en marcha mi deseo al que tus manos responden descendiendo por mi pecho
hasta mis redondeadas rodillas, con toda tu fuerza echada hacia delante,
invadiéndome por debajo de mi camisón malva que se escurre entre tus
pequeñas y poderosas manos.
Y me parece oír lo que dices. Es una pregunta, sólo dos palabras: ¿Dónde
estás? Y yo respondo para mí: ¿Desde dónde me habla? Estoy aquí, ¿No me
ve?
Me incorporo y doy un giro a mi cuerpo para subirme sobre ti, buscando
acoplarme entre tus huecos y levanto mi cabeza que al dar la vuelta
quedó descolocada a la altura de tu ombligo, y te acaricio. Y subo
deteniéndome en tus pezones, en tus labios (esos que sacan de quicio),
en tu rostro, tus pómulos, tus sienes, hasta tropezar con tu nariz, y te
miro a los ojos que permanecen cerrados.
Entonces comenzamos a bailar al compás de la música de las esferas. Es
una melodía escrita en el pentagrama del cielo. Es el amor que florece,
con toda su fuerza, ese amor que todo lo transforma, todo lo redime, que
a sí mismo se basta.... Y entonces, en ese mágico instante tus ojos se
abren y me miran y sorprendida y quieta me pregunto quién es la mujer
que veo reflejada en ellos.
|
|