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Cuando, después de cenar, me metí en la cama, no sabía
que en realidad a donde iba era a China. Acababa de leer que un hombre
solo es realmente poca cosa y lo único que puede hacer es expresarse,
nada más. Esto lo había escrito un chino, pero no me había avisado de
que con el relato iba incluido un viaje.
Me digo que estoy en casa, pero no es cierto. He atravesado países,
montañas y ríos y estoy cerca de un lago, junto a un puente muy
estrecho. Hay mujeres con ojos cerrados, labios muy rojos y grandes
abanicos. De repente me encuentro con aquella cajita que guardaba en una
caja de zapatos junto a tus cartas.
Creo que me ha seguido hasta aquí, pero ésta no es la caja que tú
conoces sino una exactamente igual y al mismo tiempo diferente.

Entro en una pagoda y me sorprendo de encontrarla en un almanaque. China
es igual que los platos y las tazas que mi abuela guardaba en el
aparador, con dragones y budas pintados; es igual que la lámpara que me
regaló mi hermana en aquella visita a El Corte Inglés. Era una lamparita
de papel roja con letras en negro que se hacían sombra.
Me vuelvo en la cama y le pregunto a mi esposa ¿Está muy lejos China,
cariño? China no está en ninguna parte —me responde—. China no existe.
Y yo ando confundido porque he visto a las señoras del
abanico, he visto los juncos y el bambú, e incluso le he roto un jarrón
chino a mi abuela.
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