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Qué cansado resulta ser persona. Hace un día magnífico,
el sol primaveral parece detenerse en el contorno de los objetos
marcando el paso del tiempo, mas los pájaros revolotean y gritan
furiosos. Me detengo a mirar a la gente. Me gusta contemplarlos pero no
tratar con ellos. Complacerlos, ofenderlos; qué infinitivos tan pesados.
Desearía ser un árbol, una montaña, una piedra, o tal vez ir en coche
mirando por la ventanilla, contemplando campos sembrados de manos, manos
ennegrecidas y reumáticas que salen arañando la tierra, buscando la luz
y me señalan el camino.
El viento soplará meciendo los campos de trigo y doblando las espigas,
esas espigas que traen a la memoria otro recuerdo. Y los pájaros se
agitarán de nuevo pero esta vez furiosos de amor, y se adentrarán en el
laberinto de los campos de masiegas y en los carrizales buscando las
orillas encharcadas, y seguirán el cauce de los ríos y los arroyos hasta
sentir el dolor, un intolerable dolor por haber convertido en pasado lo
que uno recuerda como futuro. Y
para ahogarlo se sumergirán en las praderas subacuáticas de ovas y se
revolcarán en el fango hasta llegar a tomar el color del tronco del
taray y se confundirán con ellos hasta mudar las caducas hojas rojizas
del otoño.
Pero es Abril y no hay ninguna flor rosada, abril para vivir, abril para
otear el horizonte en un suave y continuo sube y baja que me lleva hasta
la Isla del Pan. Todo adquiere desde aquí una rara perspectiva, es un
cierto y absurdo orgullo, una extraña certeza de que el centro del mundo
está al alcance de la mano, de que el amor habrá bastado y todos los
impulsos retornarán al lugar de donde vinieron, ni siquiera el recuerdo
será necesario, ni tampoco necesitaré nada para seguir y adentrarme en
el bosque de los tarayes, donde se respira una extraña quietud mientras,
y cada vez más lentamente, recorro el camino hasta detenerme y alzo los
brazos para abrazar la O que agujerea el paisaje. O suspirando, O
cortando el aire con las manos, O mirando con ojos melancólicos de
pesados párpados, O mesándome el cabello, O quedándome parada hasta
mudarme en árbol, ya al fin, en un recinto que una vez conocí, donde yo
solía ser también.
Y esta impotencia de vidrio en dirección contraria a la de los sueños me
permitirá llorar por el paso del tiempo que lo reduce todo a una forma
de existencia menesterosa y vivir fuera del contorno de los objetos
inmovilizados bajo la mirada del sol, con el tiempo acaso esta vez de mi
parte, en un desgarrador beso final, en esta despedida final de los
deseos.
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