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Me enfrento a cada viaje con alma de peregrino. Esta vez
me encuentro en una vieja y caprichosa ciudad que requiere tiempo para
mostrarse por completo. Mis ojos se llenan de recuerdos y se pasean por
estaciones, por las ramas de los álamos, debajo de otros párpados,
detrás de los espejos. Mis pequeños ojos que nunca han dejado de ver;
ojos en azul, ojos de agua, ojos de blanco deslumbrados.
Me pierdo por sus calles, me interno en callejuelas y en un tiempo
inexistente e intangible mis manos necesitadas se posan en una antigua
fotografía. Desgarrando el papel, mis dedos atraviesan la barrera de una
piel, plano sobre plano, penetrando en el abismo de las palabras, las
dudas, los silencios.
Me adentro en una gruta y en la magia de la ilusión trazo un conjuro. La
ciudad se muestra embriagada por el aroma del jazmín. El olor despierta
nuevamente los recuerdos del pasado. Me detengo, respiro profundamente y
lleno de cielo mis pulmones.
Recuperada la fuerza retomo el camino y en el delirio caigo en un
minúsculo laberinto buscando el verdadero e inaccesible alma de la
ciudad. Y escucho los acordes del silencio, los murmullos y el crepitar
de las llamas, hasta por fin, vislumbrar el reflejo de las lágrimas
desenredadas en el recuerdo, lágrimas paralelas de una soledad ya
acompañada.
Despojados de tantos sinsabores, exprimiendo cada minuto, en una
permanente espera por comprender la vida, paladear la paz, la luz, el
calor y la ansiada quietud, sin límites, como un preciado regalo, en
cada sorbo en que me entrego.
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