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Rosamaga

Viaje a través de los sentidos

 



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Me enfrento a cada viaje con alma de peregrino. Esta vez me encuentro en una vieja y caprichosa ciudad que requiere tiempo para mostrarse por completo. Mis ojos se llenan de recuerdos y se pasean por estaciones, por las ramas de los álamos, debajo de otros párpados, detrás de los espejos. Mis pequeños ojos que nunca han dejado de ver; ojos en azul, ojos de agua, ojos de blanco deslumbrados.

Me pierdo por sus calles, me interno en callejuelas y en un tiempo inexistente e intangible mis manos necesitadas se posan en una antigua fotografía. Desgarrando el papel, mis dedos atraviesan la barrera de una piel, plano sobre plano, penetrando en el abismo de las palabras, las dudas, los silencios.

Me adentro en una gruta y en la magia de la ilusión trazo un conjuro. La ciudad se muestra embriagada por el aroma del jazmín. El olor despierta nuevamente los recuerdos del pasado. Me detengo, respiro profundamente y lleno de cielo mis pulmones.

Recuperada la fuerza retomo el camino y en el delirio caigo en un minúsculo laberinto buscando el verdadero e inaccesible alma de la ciudad. Y escucho los acordes del silencio, los murmullos y el crepitar de las llamas, hasta por fin, vislumbrar el reflejo de las lágrimas desenredadas en el recuerdo, lágrimas paralelas de una soledad ya acompañada.

Despojados de tantos sinsabores, exprimiendo cada minuto, en una permanente espera por comprender la vida, paladear la paz, la luz, el calor y la ansiada quietud, sin límites, como un preciado regalo, en cada sorbo en que me entrego.
 

 
 

 

 

 


 

 

[4] ROSAMAGA

 

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