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Cuando, a la noche, volví a meterme entre las sábanas de la cama en la
habitación abuhardillada, tuve un sinfín de sensaciones.
La noche anterior nos había costado bastante tiempo a la cama y a mí
familiarizarnos: era una experiencia nueva para ambas y transcurrieron
interminables minutos antes de que consiguiese entrar en calor, como si el
edredón se resistiera a arroparme. El colchón me mostraba su lado más duro y
esquivo, el calefactor emitía una música estridente que me impedía conciliar el
sueño. Pero al amanecer, casi sin dar lugar a que las sábanas se desprendieran
de la tibieza robada, volvimos juntos tú y yo, y entonces todo sucedía de otro
modo. Éramos dos, no necesitábamos tanto de ellos y los objetos nos vigilaban
asombrados de nuestra osadía: y permanecieron muy quietos, como a la puerta de
una casa, esperando para darnos la bienvenida y acogernos.
Las cosas no se conocen sólo por su nombre. Hay que verlas, tocarlas, conocer su
olor, su suavidad, su aspereza, el sonido que nos devuelven al golpearlas, pero,
sobre todo, hay que saber si nos aceptan. Leí en alguna parte que cada material
tiene distintos grados de aceptación y de rechazo, y que éstos no son fijos,
sino que pueden variar en función del día y de la hora, de la luz y las sombras,
y de quien las toque o las huela. Los objetos también sienten deseo, una especie
de querer y no querer que, si vamos despacio y los tocamos, degustamos y olemos
sin ansiedad, sentiremos probablemente. Tal vez no podamos hacer hablar a las
paredes –esa expresión tan manida– pero sí escuchar su lenguaje interno.Y aunque esa mañana estábamos tan pendientes el uno del otro, lo cierto es que
todas las cosas nos hablaban y la escasa luz que penetraba por las ventanitas
del tejado nos las mostraba iluminadas con un resplandor de fuego que se
extinguía lentamente.
Las vigas del techo, la madera del suelo, la lámpara apagada sobre la mesita (la
noche anterior emitió un ¡ay! cuando presioné su pequeño pezón), las coloridas
sábanas tan alegres y ese enorme libro de bolsillo que viaja conmigo a todas
partes y que cada vez que lo abro me grita porque no quiere ser abandonado y me
impide por todos los medios que lo acabe (a la noche siguiente me montó una
escenita de celos: él sabe que suelo leer antes de dormir, pero cuando vio a su
lado aquel libro del color de las novias desvirgadas para un dios no nacido,
arrugó el entrecejo y comenzó a sollozar. Tuve que prometerle que pasaríamos el
viaje de vuelta juntos, pero el nuevo inquilino me había seducido y estaba
ansiosa por tocarlo, abrir sus páginas, pasar mis dedos por la tinta que dormía
plácidamente en mi bolso.)
El pijama turquesa también habló. Te echó una mirada furtiva de reconocimiento y
sólo después se atrevió a saludarte, con tanta timidez que pensó que no le
habías oído. Y antes de acostarme se asomó el bañador que Nil había olvidado
hacía una semana. Estaba escondido tras un cojín y nos vigilaba malhumorado
mientras nos acariciábamos en el sofá. Lo cogí para doblarlo y me pareció que
echaba humo. La cama traidora también gritaba y emitía nuestro aroma: no el tuyo ni el mío,
ambos se habían mezclado en uno solo.
Me metí bajo las sábanas y entonces se desató la tormenta. Las olas subían tan
alto que no dejaban saltar a las palabras que permanecían allí, agazapadas entre
las páginas del libro, hasta que se armaron de valor y en cuclillas se
introdujeron por mis ojos y avanzaron sigilosas dándome alcance en el sueño.
Y mientras me dormía, pensaba: ¿qué ocurre con los deseos de los objetos cuando
los cambias de sitio? Y nos recordé en otro tiempo, sentados en el filo de otra
cama, frente a un espejo que nos devolvía la imagen de una pareja (qué buena
pareja hacemos, amor mío —dijiste—).
La habitación era ahora un lugar de tránsito, los muebles habían emigrado a los
confines de la casa y la luna del espejo, en el traslado, se había hecho añicos.
Sin embargo, me dije, sé que allá donde se encuentren cada uno de sus pedazos no
habrán olvidado.
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