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El móvil
Comenzó el vecindario a fijarse en el transeúnte que a la
misma hora todos los días aparecía en la acera, y con gesto medido y
pausado andar recorría el perímetro tranquilo de la calle sin salida,
bajo los árboles, junto a los automóviles aparcados, mirando a veces el
cielo u otras lejanías venir y al parecer ávido de momento, un momento
que se le hacía eterno.
Murmuraban junto a las golondrinas pero en el revés de los balcones, en
la habitación, la vida familiar, y a contra vuelo, la dedicación no iba
a emprenderse tanto hacia el caso anómalo que, por otra parte,
únicamente daba la luz precisa para llenar charcos mentales de ocio.
Aquél, un día, preparó cuidadosamente durante un buen rato su aspecto,
vistió el mejor traje y se acicaló con mesura igual al amor por sí
mismo; y a continuación bajó a la calle, a la misma hora de todos los
días. Se detuvo en la glorieta del fondo, saludó con la mano e inclinó
la mirada; pudieron los otros atestiguar el color de las copas de los
árboles succionando su figura, hasta ser absorbido en el poderoso clamor
del follaje.
Volvieron entonces a la rutina anterior, frente a la pantalla de
imágenes veloces, con tristeza lenta y crispada, quién lo hubiera dicho,
porque el móvil que indujo durante un tiempo a reír de avideces y
lejanías ya no estaba, ni disimulado, pero les había creado un agujero
negro en los ojos por donde trasegaban tanta ausencia de sí mismos, que
no sabían dónde llegaría a parar.
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