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La colonia
Después de aquel encuentro, no pude volver a casa.
Buscaron mis ojos la piedra de antaño, en el barrio viejo y sobre ella
me senté a olvidar. Los muertos danzaban en la memoria: los
desaparecidos en el lago y las víctimas de sí mismos. De la mayoría no
recordaba el nombre. Las tardes sobre la hierba, entre luz y sombra al
salir del colegio, escuchando una guitarra, muertas. El olor de la
piscina en verano y las confidencias antes de subir, cada uno a su nido,
muertos.
No sé qué es lo que nos había hecho buscarnos al cabo de los años. Tal
vez a mí una canción recuperada, fábrica de silencio: se acaba y deja
todo tan callado alrededor que se escuchan con excesiva nitidez las
voces más lejanas.
¿Y en el tuyo? ¿Qué te decidió a tender la caña sobre la improbable
casualidad, como quien lanza una moneda al agua y decirle a mi madre
muchos recuerdos, especialmente para H.? Era como pedirle al cielo
—encuéntrame, te lo pido, tenemos que hablar.
Después de hablar, con ojos de pasado envueltos en la luz tan azul de
esta tarde de primavera, voy errando hacia un horizonte incierto, sin
atreverme a volver. ¿Qué fue de los amigos y conocidos? ¿Qué pauta
insondable hizo fructificar la semilla del barrio? Colonia se llamaba,
no barrio, como si nuestro dominio de carreras en las plazoletas y el ir
y venir a la panadería hubieran sido establecidos para siempre.
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