| |
La moneda
No es una efigie, aunque las campanas de la ciudad
rebotan en su bulto plano y caen cristales heridos de vacío y soledad
allí donde podrían ser los ojos. Le hubieran dado el propósito del
gobernante de haber podido segregar un trozo humano, un manojo de
rostro, un racimo de miembros con lanza incluso, o con arco o escudo, de
la humanidad real del gobernante. Afortunadamente para él, no fue así.
Ni siquiera lograron dar la sensación de su humanidad. No es una efigie
y tampoco logra ser un dibujo: un bulto plano, aplastado, criptograma
impasible, brillante geometría donde la nada esgrime su rostro más
transitorio.
Nada vale. ¿Qué tipo de mezquina heroicidad supondría tomar en serio los
números, las fechas grabadas en su superficie? Todo valor se da a cambio
de un pasado, y aquí el pasado se pierde: llega el frío amarrado con
gruesas sogas al banco central de la barca sin remos, derivando en
grande paz sobre el agua turbia. Hemos interrumpido las faenas del día
para verla pasar. Son las últimas horas del atardecer; el sol poniente
acaricia los ojos e invita a una canción. No nos quedan nociones en la
mente ni estímulos insinceros que puedan espolearlas. El sentimiento de
comunión es demasiado grande, lo abarca todo, no quedan héroes.
La moneda, la moneda arrojada, olvidada en un rincón, en el suelo, entre
algún juguete que duerme —porque en la casa hay niños—, junto a los
zapatos que bostezan y el polvo de visita, recobra su alegría original,
es susceptible de ser pisada, apartada, ignorada, como piedra entre las
piedras, pequeño trozo de metal cualquiera entre las criaturas. Carece
de importancia. El artista se ha ocupado de emborronarla, de modo tal
que no la perciban los ojos atentos como algo separado del durmiente,
sino que la atención se dirija en primera instancia hacia los sueños, en
cuya falda esmaltada de poesía y gratitud, donde el bien y el mal sin
fin se persiguen y sobresaltan, apoyándose, halle el eco más amplio
posible.
|
|