| |
La sonrisa
Y esa sonrisa deslumbra con infinito resplandor.
No tiene lugar ya el nerviosismo de la espera. Se han ido amortiguando
lentamente las luces de la pequeña sala y con la penumbra llega el
silencio de los murmullos. Un programa de mano es detenido casi al
tiempo de resbalar y un niño consigue al fin un sitio en una orilla y
olvida su inquietud. Aquí y allá, sembrados de vacío delatan el hueco
que dejaron los que figuraban, ahora recogidos ante el escenario.
De las cortinas de terciopelo rojo a la derecha surgen dos manos
blancas, mudas; con interminable precaución se adelantan, seguidas por
el fulgor de los brazos desnudos, las lunas del hombro... el vestido. El
vestido negro avanza, sincopado, dudoso, manteniendo siempre al frente
las manos, extendidos hacia adelante los brazos, cuidadosamente tensos.
Arriba una breve cabeza de mujer, los cabellos negros y cortos, los
rasgos finos, los ojos cerrados.
Surge y rápidamente se apresura a acompañarle otra mujer flameante de
vivos colores que le toma delicada de la cintura, con alentadora
disposición. Eludiendo un atril, una silla, un micrófono, le conduce
hacia la butaca de cuero y allí la abandona.
La espalda erguida, la cabeza quieta, el rostro sereno. Y las manos se
posan como hojas de otoño sobre las teclas blancas del piano,
besándolas, acariciándolas, interminablemente.
Inadvertida, la música.
La música que llega de muy hondo, de muy lejos, la música que llega a la
ceguera desde donde no se ve: música repentina buscándose un lugar en
las entrañas, y el corazón oscuro se mira a sí mismo tratando de ofrecer
agua fresca a la voluntad floral de sus manos. Ya perdimos los ojos en
su negada efigie, vagan ebrios por la sala sin detenerse en ningún
lugar.
La dulzura secreta de la música que posee, y entrega su llamador y su
llave sin fin. Hacemos uso de ella: las puertas que abre dan a un campo
de sueños despiertos, sin evocar escenas, música limitada a hacer
camino, y no nos hace viajar en el tiempo, y los sentimientos no son por
sí solos convocados; música por este instante sólo signo, cifra de la
más candorosa desposesión.
Así, en este instante la música ya no es oída, sino que desvela una
nueva sensación corporal, siendo el cuerpo de cada uno átomo de un
cuerpo subyugado por una sensación mayor, el cuerpo que somos todos.
Desde la noche ardiente ella sonríe. Y esa sonrisa deslumbra con
infinito resplandor.
|
|