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Visita a Saint S.
Muchas cosas eran posibles, sin duda. Pero lo que nunca habría podido imaginar es que M. hubiera dado con la puerta de aquel conventillo, como tampoco que el taxista conociera la dirección; y al preguntar «¿Saint S. tenía la entrada por aquí, verdad?», señalando hacia el fondo, a la izquierda, me pusiera en circunstancias verdaderamente incómodas. Había logrado hurtar mis culpas a la conciencia de mis acompañantes: pero la hermana Mary Ann sabía todas y cada una de ellas. Las conocía, en realidad, hasta en sus detalles mínimos, por lugares y fechas, como testigo de inventario; y las recordaría, con esa capacidad suya elefantina proverbial en el convento, que tan improbable hacía por siempre mi redención como el que alguien le hubiera visto a ella, siquiera una vez, paseando por una calle cualquiera de la ciudad. Pero M. respondió casi seguro de sí mismo «Si no me equivoco, se hacía aquí el giro y luego se avanzaba por esa calle de enfrente, ¿no?» Y se volvía hacia nosotros desde el asiento de al lado del conductor con circunspecta seriedad, como si esperara ver corroborada esta última parte del itinerario a sabiendas de que, aunque sólo fuera por ignorancia, nos veríamos obligados a aceptar su criterio.
Saint S. no era, no había sido nunca, un lugar visible. Por entre en el enmarañado complejo de la city, desde uno u otro de los edificios de oficinas de aluminio y cristal, de algún modo se accedía, a través de una puerta en un despacho o al fondo de algún pasillo, a las galerías que daban acceso al convento. El edificio aislado, en cuanto tal, se tenía por inexistente. Suponíamos que en época indeterminada habría sido engullido por el ritmo devastador del sector inmobiliario, cuando las sedes empresariales proliferaron en torno suyo y acaso sobre el tejado mismo de la pequeña construcción, tornándolo invisible. Pero en el mismo instante en que el coche se detuvo ante su fachada coqueta y sencilla, donde una pequeña y anodina puerta enmarcada en el interior de un gran arco ojival, resaltado en el ladrillo visto, pareciera querer pasar desapercibida al tiempo que la pequeña e improvisada plazuela en uno de cuyos laterales se ubicaba, todos lo reconocimos sin decir palabra: era Saint. S., sin lugar a dudas.
Sentí que las imágenes del pasado acudían a mi mente con una fuerza avasalladora. No dejaba de repetirme que había abandonado a L. justo cuando más necesitaba apoyo. Es cierto que su maldad había sido infinita, pero también lo había sido mi vengativa indiferencia. Este suceso, de entre los que me era dado recordar, me mortificaba con especial ímpetu: la actividad delincuente había regido hasta entonces mi modus vivendi, y la infidelidad o las fidelidades habían acabado por hacer sufrir a todos. Tomé la decisión de cambiar de vida, y lo conseguí. Pero con L. era distinto: aunque siempre estuvimos de acuerdo en no establecer compromisos y evitar caer en la exigencia o dar curso a los reproches, y más allá del tiempo transcurrido sin saber nada el uno del otro, había algo que, fuera de todo ello, representaba algo así como un vínculo vital, lisa y llanamente indestructible. Y ahora, la conciencia me repetía que pese a toda la maldad de que L. había hecho uso y abuso, yo no podía ignorar ese vínculo. Y la hermana Mary Ann lo sabía.
La hermana Mary Ann, delante de la puerta, había salido a recibirnos con su inconfundible y discreto vestido verde oliva, orlado de blonda en el volante de su falda, en las mangas y en el cuello. Lucía la sonriente expresión que le caracterizaba, llena de luz y de bondad, tras la cual se adivinaba una inexpugnable fortaleza. Sobre la falda, en un pequeño mandil blanco todo ribeteado de encaje, bordada en un recuadro se divisaba la letra A. Hoy, la letra A.
La hermana Mary Ann ordenaba el mundo a su modo e, indudablemente, que el edificio del convento se hubiera hecho visible y el taxista conociera la dirección, e incluso el hecho mismo de que nosotros estuviéramos allí, se debía a esa artística A bordada en el mandil con esmero. Porque la hermana Mary Ann llevaba la T y L. y yo volvíamos de paseo bajo las alamedas del parque, canalizando la realidad entre bromas y veras y dándole un curso chispeante que no tenía fin. Y la hermana Mary Ann llevaba la O y llovía, y bajo el soportal aguardaba junto a L. a que dejara de llover, ambos con las ropas empapadas y el pelo mojado, pero no escampaba nunca. Y la hermana Mary Ann llevaba la J y jugábamos a perseguirnos en torno a los pequeños silos que habían aparecido sobre la hierba como por arte de magia, o cabalgábamos por el paseo en el caballo del viento que, abandonando la imaginación, nos llevaba a los confines.
Cuando la letra variaba en el mandil de la hermana Mary Ann, las demás letras del abecedario cambiaban de posición y las cosas mudaban de nombre. La mesa nunca más comenzaba por M, sino que lo hacía por J y se convertía en jilguero, por O y se hacía ominosa, por T y era también, un también que lo incluía todo. El convento volvía a desaparecer o aparecía de nuevo a capricho, en un sueño o en lo alto de una colina. No había taxis libres en la ciudad que pudieran llevarnos, o todos lo estaban, mas conducían a lugares equivocados. Y el ritmo de la vida se aceleraba o enlentecía, sinuoso, se aceleraba o enlentecía sinuoso, ahora recuerdo, para que viera…
«¿Lo ves?», dice la hermana Mary Ann, sonriendo como siempre y mirándome a los ojos.
Y sí, lo veo. Es la pradera infinita de los nombres. Aquí están todos juntos, diciéndose en voz alta y permutando su suerte sin cesar. Mary Ann, ¿por qué me trajiste aquí?
«¿Por qué, por qué…?» dice maliciosa la hermana Mary Ann, limpiando en cada sonido mis penas y mis culpas, señalando sin un gesto el jardín donde las cosas no son palabras, el jardín más silencioso y bello, el jardín que tiene el rostro de la alegría de vivir, el jardín que dibuja el rostro de L.
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