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Avensil

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Nardé

 


A decir verdad, no conozco muchos detalles de su vida, porque la de Nardé fue una de esas existencias que transcurren al margen de la de los demás, sin excepciones. En lo fundamental, podríamos colegir que Nardé fue músico. Al menos en lo que a mí respecta, Nardé fue músico. Dio al tono de alarma de mi teléfono móvil, con el que me despierto cada mañana, una nota nueva. Sin él los amaneceres no tendrían esa cualidad de equilibrio que es tan necesaria para vivir o, al menos, para mantenerse con vida en lo poco que de uno depende.

Había vuelto a aparecer E. como por arte de magia. Lo nuestro no llegó nunca a nada, pero continuaba alentando, como a la espera de superar el sinsentido: y cuando nos vimos de nuevo frente a frente nos abrazamos y besamos sin ningún pudor, con ese anhelo que el tiempo había hecho ya irresistible. Entre lágrimas, me aseguró que esta vez no nos separaríamos, pero se le olvidó darme su número de teléfono. Unos días después, alguien le dijo que podía ser el suyo el coche que habían robado —el que acababa de comprar al cabo de muchas indecisiones y, por tanto, del que le quedaba casi todo por pagar— y se fue a comprobarlo. Se fue y ya no volvió.

No podía creerlo. Había desaparecido por una mala noticia que ni siquiera sabía si era cierta.

En lo que a mí concierne, hice cuanto pude. Seguí su rastro buscándola, llamé a los números que me dieron los amigos que habían seguido en contacto con ella —ninguno respondía—, recorrí las calles de su barrio una y otra vez sin verla aparecer nunca, vigilaba las persianas de las ventanas de su apartamento, siempre bajadas. Aún así, íntimamente sabía que estaba bien: me llegaban noticias de ella porque, no sé, tal vez era ese brillo único de sus ojos, o esa manera infinita de sonreír, lo que me traía a la mente en cada momento la melodía de Nardé; y era algo vivo, de lo que daba testimonio.

La melodía de su flauta dulce era tan simple como la de cualquier mendigo: todas las notas consabidas y predecibles y todas mal dadas, como sin tiento, como si algo ebrias, como si, en verdad, no quisieran llegar a ningún otro lado que al gesto del peatón ocasional, para hacerle desviar la mano hacia el cestillo de las monedas. Con todo, una de ellas, una sola nota, hacía algo tan extraño en esa sucesión meliflua, que parecía venida de otro lugar o que llevaba a otro lugar.

Ignoro si quienes pasaban a su lado lo percibirían también de la misma manera, o era efecto de una vibración particular que se producía entre su nota y mi escucha. Qué más da: no podría saberlo, porque la nota de Nardé me llegaba siempre como desde lejos y el propio Nardé nunca estaba a la vista. Lo veía, veía su rostro de mendigo, con esa sombra de barba gris que no se negaba a seguir creciendo, los torpes dedos de sus manos sobre la flauta como pájaros que no habrían de posarse, los pantalones raídos: pero yo estaba buscando, buscaba desesperadamente a E. y no podía preguntarle, porque él no estaba.

La nota de Nardé es la nota de E. Es la nota del abrazo libre del verdadero amor en el día del reencuentro. Y la nota de la mala noticia que no se sabe si es tal, en realidad. Suena intercalada entre las dos de siempre, las que ya venían configuradas de serie en el teléfono; acuerda el matiz de la diferencia, o como dijo el poeta, la onda de la estrella de la melancolía cuando el firmamento desvanece al alba sus constelaciones.

Ciertamente, hoy no ha sonado. ¿Es demasiado pronto, tal vez? Acabo de cambiar el tono de alarma despertador y quizá, me digo…

…hay notas que no se incorporan tan rápidamente a este sueño. Necesitan una noche más.

 

 
 

 



 


 

 

[13] AVENSIL           

 

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