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Los infieles
Los infieles se alejan por la orilla y vagan solos, tutean a los perros,
juegan con ellos si pueden, observan —como no lo hubieran visto nunca—
el horizonte y asumen una sola dificultad: llegar al final, al
cementerio de piedras: elegir una, lavarla para que reluzca,
determinarle dueño y futura ubicación.
Nada más les preocupa, allende el bien y el mal, es decir, en la playa
contigua a la de los bañistas, a donde, antes o después, volverán sus
pasos.
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